CHINA, LA VIGENCIA
DEL SOCIALISMO (Este artículo fue publicado previamente en la revista La Tecla ñ)
“El marxismo señala el camino para el
avance de la sociedad humana. Es una poderosa arma teórica para que
comprendamos el mundo y su tendencia subyacente, busquemos la verdad y
cambiemos el mundo. El marxismo no es un conjunto de dogmas rígidos, sino una
guía para la acción que debe evolucionar a medida que cambia la situación”.
(Xi Jinping 2022).
Con una mano
en el corazón: para cualquier especialista en temas internacionales, tenga la
ideología que tenga, la sugerencia del título es la cuestión geopolítica
central de la época, aunque sea en términos subrepticios. Asimismo, desde un
abordaje positivo, constituye el mayor temor para aquellos que sueñan con la
continuidad interminable del capitalismo y, particularmente, para los que se
enriquecen con él. Es la mayor esperanza e ilusión para aquellos que desean un
mundo socialista (algunos de los cuales vienen de reponerse del golpe que
significó para ellos la caída de URSS).
La República
Popular China afirma reiteradamente que no tiene ninguna intención de imponer
ningún sistema político social a nadie, ni de inmiscuirse en los asuntos
internos de ningún país, y así lo confirman los hechos. Por el contrario, sí
expresa que brega por una “comunidad de naciones de destino compartido”. ¿Podría
algún país capitalista avanzado integrar tal tipo de comunidad? Nada se dice al respecto, aunque pareciera
que se orientan hacia una comunidad sin exclusiones. En ese caso, ¿qué tipo de
comunidad seria? Lo cierto es que el solo concepto de “comunidad” y de “destino
compartido” se da de patadas con el ADN del capitalismo realmente existente, y
ni qué decir con el liberalismo de la escuela austríaca.
Lo que es
indudable es que China, además de ser un fenómeno económico y político nunca
visto, está impulsando el desarrollo industrial y comercial -e incluso
financiero- de una cantidad importante de países integrantes del llamado sur
global; el desarrollo de las fuerzas productivas es una clave básica para la
implantación del socialismo. Otro elemento que podría llevar a pensar que China
mantiene abierta la cuestión de la vigencia del marxismo y de la posibilidad
del socialismo en el mundo es la resistencia que suscita entre las principales
potencias capitalistas y los grandes actores financieros internacionales. Desde
esta perspectiva, parecería que muchos de ellos contemplarían con satisfacción
un eventual debilitamiento de China, siempre que ello no pusiera en riesgo sus
propios intereses. Quienes sostienen esta interpretación consideran que tal dinámica
es bien conocida por los servicios de inteligencia y los organismos
especializados en el análisis estratégico.
Por otro lado,
y yendo ya al plano de la validez teórica del marxismo -y con ello de todas las
posiciones políticas verdaderamente de izquierda-, si China juega o no, aunque
sea no intencionadamente, el papel de ejemplo de socialismo es algo que tendría
implicancias ideológicas fundamentales sobre la validez del marxismo y el materialismo
histórico.
La caída de la
URSS fue anunciada entre otras cosas como el fracaso de estas teorías y su
principal argumento era que, si en más de 150 años una teoría no había logrado
sus objetivos de expansión mundial sino solo un experimento de “apenas” 70 años,
que terminó en un regreso al capitalismo actual de Rusia, eso, de por sí, convertiría
a la teoría mencionada en una utopía como la de los socialistas franceses del
siglo XVIII y XIX que el propio marxismo criticó. Distinto sería si la
interpretación de esa caída fuera que China ha “tomado la posta” del socialismo
del siglo XX y lo estuviera continuando, en las especiales características del
siglo XXI (aun inintencionalmente), con lo cual, aunque los tiempos hayan sido
mucho más extensos que los imaginados por Marx y Engels, e incluso por el mismo
Lenin, la cuestión de la posibilidad de un mundo socialista (socialismo real)
seguiría teniendo vigencia.
Una forma de
abordar un intento de aproximación a la respuesta de la pregunta del título
podría estar relacionada con un concepto del propio marxismo, ya mencionado,
como lo es el del desarrollo de las fuerzas productivas, a las que los padres
fundadores del marxismo le dieron crucial importancia. Marx sostuvo en La ideología
alemana que «el comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción
coincidente o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el
desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que
lleva aparejado». Marx hablaba de Europa Hoy el mundo es otro.
De este modo, no podríamos decir simplemente
que el socialismo de la URSS haya fracasado, sino que habría sido un intento de
instaurar el socialismo -o una forma de enfrentar al capitalismo en el mundo-
propio del siglo XX, tiempo en el que las fuerzas productivas mundiales no
estaban lo suficientemente desarrolladas. Por lo que la disolución no implicó
un fracaso del socialismo, sino un cambio a una expresión distinta de país
socialista, como la actual República Popular, que se adapta a las circunstancias
del siglo XXI y que desarrolla, ahora sí, fuertemente las fuerzas productivas.
De esta manera, el camino hacia la victoria socialista mundial seguiría su
curso y por lo tanto el marxismo, aunque sea con modificaciones (no estructurales)
no habría perdido su valor ni se habría transformado en ninguna utopía.
Cierto es que
los campeones del desarrollo de las fuerzas productivas en el siglo XX fueron
los capitalistas EE. UU. de América del Norte y la propia Europa Occidental (ayudada
por el Plan Marshall), desarrollo al cual, hay que decirlo, también aportó los
suyo la URSS. Precisamente ese gran desarrollo de las fuerzas productivas es el
que alteró la forma industrial de acumulación de capital del capitalismo del
siglo XX y lo llevó a la actual etapa superior y final de acumulación financiera.
Hoy, el
principal impulsor de las fuerzas productivas es la sedicente socialista China,
que además las impulsa en todo el mundo, y las relaciones de producción que
están en crisis -aparentemente definitiva por el juego perverso de la finaciarización-
son las de los países capitalistas, especialmente las de los más desarrollados.
Los términos históricos
no son los tiempos breves de las historias humanas individuales. Aunque hayan pasado más de 150 años del
Manifiesto Comunista, lo sucedido indicaría simplemente que los tiempos fueron
mayores que los imaginados por los padres del marxismo, pero que el camino al
socialismo continúa hoy y con mejores perspectivas.
Para que todo
el mundo cambie a un sistema (socialista sin explotación ni violencia
sistémica), que resumiría 100.000 años (circa) de historia de la humanidad,
iniciada con las guerras tribales, es obvio que se necesita de un proceso de
transición en proporción con esos tiempos históricos, es decir: largo y
complejo.
Nuevamente,
para que quede claro, si la experiencia de la URSS hubiera sido un fracaso de
una teoría utópica equivocada y la China actual fuera otra expresión de capitalismo
con sus mismas características explotadoras y guerreras habría que, siendo honestos
y dejando de lado un fanatismo dogmático, poner seriamente en duda la obra de Marx,
Engels, Lenin y tantos otros que abogaron por el cambio mundial en el sentido
socialista y comunista.
Pero si se
considera a la Revolución de Octubre de 1917 y a la URSS surgida de ella como
un primer intento histórico, o un segundo si se tiene en cuenta la experiencia
de la Comuna de París, realizado en un mundo en el que todavía no se habían
desarrollado suficientemente las fuerzas productivas requeridas para sustentar
una sociedad socialista y comunista, la evaluación del proceso podría ser
distinta. Desde esta perspectiva, ese intento encontraría una continuidad
histórica en la República Popular China, país que ha protagonizado uno de los
procesos de desarrollo de las fuerzas productivas más extraordinarios de la historia
moderna. China ha alcanzado en pocas décadas niveles de industrialización,
modernización e innovación que a las principales potencias capitalistas les
demandaron un período mucho más prolongado. Asimismo, al evaluar las
condiciones materiales necesarias para la eventual construcción de un
socialismo de alcance mundial, habría que considerar no sólo el desarrollo
alcanzado por China, sino también el de otros países anteriormente
subdesarrollados y, en cierta medida, el de las propias economías capitalistas
avanzadas. Después de todo, las fuerzas productivas, consideradas en sí mismas,
no poseen una ideología determinada.
Con ello sí
podríamos decir ahora que aquella famosa condición del desarrollo de las
fuerzas productivas a nivel mundial se está dando independientemente del color
ideológico y las intenciones declaradas políticamente por los gobiernos de los
distintos países, incluidos los capitalistas avanzados. Es decir que, desde
cierto punto de vista, las fuerzas productivas actuales de toda la humanidad ya
empezarían a ser suficientes como para ser la base del dichoso socialismo anunciado
a mediados de 1800.
Es cierto que
a esto hay que agregarle una circunstancia especial y muy compleja, cual es la
de que, si el socialismo triunfara en todo el mundo, eso significaría que los
8.000.000.000 de habitantes pasarían a vivir (si es socialismo en serio) con
las necesidades básicas satisfechas. Ello implicaría inevitablemente que las
pautas de consumo deberían cambiar radicalmente porque el planeta no resistiría
las emisiones de carbono ni la destrucción contaminadora de una humanidad de
esas dimensiones viviendo toda en las condiciones de las clases medias actuales.
Este sería un tema central para esa comunidad de naciones de destino compartido
que exigiría que se ponga a la altura de
las circunstancias para llevar a cabo planes para evitarlo. Y el tiempo se
acaba (al respecto, hay que decir que China es por lejos el mayor productor de
sistemas de energías alternativas, y su grado de contaminación per cápita aun
siendo el taller del mundo la pone en el puesto 21, cuando los EE. UU. están en
el puesto 14). Planificación global de cambio de pautas de consumo y, por lo tanto,
de producción, suena más a socialismo que a capitalismo.
Podríamos preguntarnos:
¿dónde están los indicadores políticos de esta situación de que el mundo esté
yendo al socialismo? Ya hemos adelantado que, si el cambio que, según el marxismo,
implica terminar no solo con un modo de producción como el capitalismo, sino con
toda una era de la explotación del hombre por el hombre (Marx dixit), a lo que
hay que agregarle ahora la complejísima cuestión ecológica, los indicios políticos
de tal cambio irán apareciendo poco a poco, en un proceso que, como se dijo
antes, será más o menos largo y complejo. No es solo la crisis del capitalismo, es una
Crisis Civilizatoria.
De todos modos,
algunos indicadores pueden avizorarse. Que el capitalismo está en su fase más
parasitaria y decadente, como lo es la etapa financiera, es algo que nadie
puede negar. Esa forma paradigmática de
acumulación de capital lo ha llevado a una profunda crisis industrial y comercial
y las consecuentes crisis y levantamientos sociales ya empiezan a aparecer.
Otro signo del gran cambio que se avecinaría es que los zarpazos guerreros que
fueron efectivos en los tiempos del “fin de la historia” (de finales de años
1980 hasta principios del 2000), no son ya el turismo castrense que eran. Por ejemplo,
el complejo militar industrial de los Estados Unidos impulsó a Trump a darse la
cabeza contra un Irán (apoyado política y económicamente por China), que fue
pedantemente subestimado.
Además, hay que considerar particularmente la existencia
y el permanente aumento del poder geopolítico de un país como China gobernado
por un Partido Comunista Marxista-Leninista y sus aliados globales, a lo que habría que
agregarle que si se diera el muy posible triunfo militar y político de Rusia contra
la OTAN en el territorio ucraniano, el tablero geopolítico mundial sufriría un
cambio tectónico especialmente en Europa Occidental ya que, aun si Rusia no es
un país socialista, todos saben que el
eje chino-ruso es estratégico y además Rusia es miembro de la Asociación de
Cooperación de Shanghái (que incluye acuerdos y actividades de cooperación
militar y de seguridad), de los BRICS y de la Franja y la Ruta. Desde 2015,
China y Rusia acordaron coordinar la Franja y la Ruta con la Unión Económica
Euroasiática (UEE), impulsada por Rusia e integrada también por Bielorrusia, Kazajistán,
Armenia y Kirguistán. Uno de los proyectos más importantes es el Corredor
Económico China-Mongolia-Rusia, destinado a desarrollar infraestructura,
transporte y comercio entre los tres países.
Claro los
actuales no son tiempos de revoluciones socialistas claras y puras como la rusa
de Octubre del 17, la china del 49, la cubana del 59 o la vietnamita, pero el
tablero en disputa hoy es el mundo entero y las condiciones económicas
políticas y sociales son muy otras. La cuestión ideológica está lejos de
haberse difuminado en ningún “fin de la historia”.
De todos modos,
con esto no estamos queriendo decir que haya una estrategia explícita para
llevar al mundo al socialismo liderada por China, sino que el fenómeno chino,
su estrategia comercial e industrial mundial, la cada vez mayor cantidad de países
que se suman a sus proyectos globales, la crisis generalizada del capitalismo y
los movimiento sociales y políticos que a partir de ello van apareciendo, cada
vez con más energía, dan que pensar.
Mariano Ciafardini
Dr. en
Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires
Centro de
Estudios y Formación Marxista Héctor
Agosti Buenos Aires