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domingo, 1 de noviembre de 2026

CHINA, LA VIGENCIA DEL SOCIALISMO

 

CHINA, LA VIGENCIA DEL SOCIALISMO (Este artículo fue publicado previamente en la revista La Tecla ñ)

“El marxismo señala el camino para el avance de la sociedad humana. Es una poderosa arma teórica para que comprendamos el mundo y su tendencia subyacente, busquemos la verdad y cambiemos el mundo. El marxismo no es un conjunto de dogmas rígidos, sino una guía para la acción que debe evolucionar a medida que cambia la situación”. (Xi Jinping 2022).

Con una mano en el corazón: para cualquier especialista en temas internacionales, tenga la ideología que tenga, la sugerencia del título es la cuestión geopolítica central de la época, aunque sea en términos subrepticios. Asimismo, desde un abordaje positivo, constituye el mayor temor para aquellos que sueñan con la continuidad interminable del capitalismo y, particularmente, para los que se enriquecen con él. Es la mayor esperanza e ilusión para aquellos que desean un mundo socialista (algunos de los cuales vienen de reponerse del golpe que significó para ellos la caída de URSS).

La República Popular China afirma reiteradamente que no tiene ninguna intención de imponer ningún sistema político social a nadie, ni de inmiscuirse en los asuntos internos de ningún país, y así lo confirman los hechos. Por el contrario, sí expresa que brega por una “comunidad de naciones de destino compartido”. ¿Podría algún país capitalista avanzado integrar tal tipo de comunidad?  Nada se dice al respecto, aunque pareciera que se orientan hacia una comunidad sin exclusiones. En ese caso, ¿qué tipo de comunidad seria? Lo cierto es que el solo concepto de “comunidad” y de “destino compartido” se da de patadas con el ADN del capitalismo realmente existente, y ni qué decir con el liberalismo de la escuela austríaca.

Lo que es indudable es que China, además de ser un fenómeno económico y político nunca visto, está impulsando el desarrollo industrial y comercial -e incluso financiero- de una cantidad importante de países integrantes del llamado sur global; el desarrollo de las fuerzas productivas es una clave básica para la implantación del socialismo. Otro elemento que podría llevar a pensar que China mantiene abierta la cuestión de la vigencia del marxismo y de la posibilidad del socialismo en el mundo es la resistencia que suscita entre las principales potencias capitalistas y los grandes actores financieros internacionales. Desde esta perspectiva, parecería que muchos de ellos contemplarían con satisfacción un eventual debilitamiento de China, siempre que ello no pusiera en riesgo sus propios intereses. Quienes sostienen esta interpretación consideran que tal dinámica es bien conocida por los servicios de inteligencia y los organismos especializados en el análisis estratégico.

Por otro lado, y yendo ya al plano de la validez teórica del marxismo -y con ello de todas las posiciones políticas verdaderamente de izquierda-, si China juega o no, aunque sea no intencionadamente, el papel de ejemplo de socialismo es algo que tendría implicancias ideológicas fundamentales sobre la validez del marxismo y el materialismo histórico.

La caída de la URSS fue anunciada entre otras cosas como el fracaso de estas teorías y su principal argumento era que, si en más de 150 años una teoría no había logrado sus objetivos de expansión mundial sino solo un experimento de “apenas” 70 años, que terminó en un regreso al capitalismo actual de Rusia, eso, de por sí, convertiría a la teoría mencionada en una utopía como la de los socialistas franceses del siglo XVIII y XIX que el propio marxismo criticó. Distinto sería si la interpretación de esa caída fuera que China ha “tomado la posta” del socialismo del siglo XX y lo estuviera continuando, en las especiales características del siglo XXI (aun inintencionalmente), con lo cual, aunque los tiempos hayan sido mucho más extensos que los imaginados por Marx y Engels, e incluso por el mismo Lenin, la cuestión de la posibilidad de un mundo socialista (socialismo real) seguiría teniendo vigencia.

Una forma de abordar un intento de aproximación a la respuesta de la pregunta del título podría estar relacionada con un concepto del propio marxismo, ya mencionado, como lo es el del desarrollo de las fuerzas productivas, a las que los padres fundadores del marxismo le dieron crucial importancia. Marx sostuvo en La ideología alemana que «el comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción coincidente o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado». Marx hablaba de Europa Hoy el mundo es otro.

 De este modo, no podríamos decir simplemente que el socialismo de la URSS haya fracasado, sino que habría sido un intento de instaurar el socialismo -o una forma de enfrentar al capitalismo en el mundo- propio del siglo XX, tiempo en el que las fuerzas productivas mundiales no estaban lo suficientemente desarrolladas. Por lo que la disolución no implicó un fracaso del socialismo, sino un cambio a una expresión distinta de país socialista, como la actual República Popular, que se adapta a las circunstancias del siglo XXI y que desarrolla, ahora sí, fuertemente las fuerzas productivas. De esta manera, el camino hacia la victoria socialista mundial seguiría su curso y por lo tanto el marxismo, aunque sea con modificaciones (no estructurales) no habría perdido su valor ni se habría transformado en ninguna utopía.

Cierto es que los campeones del desarrollo de las fuerzas productivas en el siglo XX fueron los capitalistas EE. UU. de América del Norte y la propia Europa Occidental (ayudada por el Plan Marshall), desarrollo al cual, hay que decirlo, también aportó los suyo la URSS. Precisamente ese gran desarrollo de las fuerzas productivas es el que alteró la forma industrial de acumulación de capital del capitalismo del siglo XX y lo llevó a la actual etapa superior y final de acumulación financiera.

Hoy, el principal impulsor de las fuerzas productivas es la sedicente socialista China, que además las impulsa en todo el mundo, y las relaciones de producción que están en crisis -aparentemente definitiva por el juego perverso de la finaciarización- son las de los países capitalistas, especialmente las de los más desarrollados.

Los términos históricos no son los tiempos breves de las historias humanas individuales.  Aunque hayan pasado más de 150 años del Manifiesto Comunista, lo sucedido indicaría simplemente que los tiempos fueron mayores que los imaginados por los padres del marxismo, pero que el camino al socialismo continúa hoy y con mejores perspectivas.

Para que todo el mundo cambie a un sistema (socialista sin explotación ni violencia sistémica), que resumiría 100.000 años (circa) de historia de la humanidad, iniciada con las guerras tribales, es obvio que se necesita de un proceso de transición en proporción con esos tiempos históricos, es decir: largo y complejo.

Nuevamente, para que quede claro, si la experiencia de la URSS hubiera sido un fracaso de una teoría utópica equivocada y la China actual fuera otra expresión de capitalismo con sus mismas características explotadoras y guerreras habría que, siendo honestos y dejando de lado un fanatismo dogmático, poner seriamente en duda la obra de Marx, Engels, Lenin y tantos otros que abogaron por el cambio mundial en el sentido socialista y comunista.

Pero si se considera a la Revolución de Octubre de 1917 y a la URSS surgida de ella como un primer intento histórico, o un segundo si se tiene en cuenta la experiencia de la Comuna de París, realizado en un mundo en el que todavía no se habían desarrollado suficientemente las fuerzas productivas requeridas para sustentar una sociedad socialista y comunista, la evaluación del proceso podría ser distinta. Desde esta perspectiva, ese intento encontraría una continuidad histórica en la República Popular China, país que ha protagonizado uno de los procesos de desarrollo de las fuerzas productivas más extraordinarios de la historia moderna. China ha alcanzado en pocas décadas niveles de industrialización, modernización e innovación que a las principales potencias capitalistas les demandaron un período mucho más prolongado. Asimismo, al evaluar las condiciones materiales necesarias para la eventual construcción de un socialismo de alcance mundial, habría que considerar no sólo el desarrollo alcanzado por China, sino también el de otros países anteriormente subdesarrollados y, en cierta medida, el de las propias economías capitalistas avanzadas. Después de todo, las fuerzas productivas, consideradas en sí mismas, no poseen una ideología determinada.

Con ello sí podríamos decir ahora que aquella famosa condición del desarrollo de las fuerzas productivas a nivel mundial se está dando independientemente del color ideológico y las intenciones declaradas políticamente por los gobiernos de los distintos países, incluidos los capitalistas avanzados. Es decir que, desde cierto punto de vista, las fuerzas productivas actuales de toda la humanidad ya empezarían a ser suficientes como para ser la base del dichoso socialismo anunciado a mediados de 1800.

Es cierto que a esto hay que agregarle una circunstancia especial y muy compleja, cual es la de que, si el socialismo triunfara en todo el mundo, eso significaría que los 8.000.000.000 de habitantes pasarían a vivir (si es socialismo en serio) con las necesidades básicas satisfechas. Ello implicaría inevitablemente que las pautas de consumo deberían cambiar radicalmente porque el planeta no resistiría las emisiones de carbono ni la destrucción contaminadora de una humanidad de esas dimensiones viviendo toda en las condiciones de las clases medias actuales. Este sería un tema central para esa comunidad de naciones de destino compartido que exigiría que se ponga  a la altura de las circunstancias para llevar a cabo planes para evitarlo. Y el tiempo se acaba (al respecto, hay que decir que China es por lejos el mayor productor de sistemas de energías alternativas, y su grado de contaminación per cápita aun siendo el taller del mundo la pone en el puesto 21, cuando los EE. UU. están en el puesto 14). Planificación global de cambio de pautas de consumo y, por lo tanto, de producción, suena más a socialismo que a capitalismo.

Podríamos preguntarnos: ¿dónde están los indicadores políticos de esta situación de que el mundo esté yendo al socialismo? Ya hemos adelantado que, si el cambio que, según el marxismo, implica terminar no solo con un modo de producción como el capitalismo, sino con toda una era de la explotación del hombre por el hombre (Marx dixit), a lo que hay que agregarle ahora la complejísima cuestión ecológica, los indicios políticos de tal cambio irán apareciendo poco a poco, en un proceso que, como se dijo antes, será   más o menos largo y complejo.  No es solo la crisis del capitalismo, es una Crisis Civilizatoria.

De todos modos, algunos indicadores pueden avizorarse. Que el capitalismo está en su fase más parasitaria y decadente, como lo es la etapa financiera, es algo que nadie puede negar. Esa forma paradigmática  de acumulación de capital lo ha llevado a una profunda crisis industrial y comercial y las consecuentes crisis y levantamientos sociales ya empiezan a aparecer. Otro signo del gran cambio que se avecinaría es que los zarpazos guerreros que fueron efectivos en los tiempos del “fin de la historia” (de finales de años 1980 hasta principios del 2000), no son ya el turismo castrense que eran. Por ejemplo, el complejo militar industrial de los Estados Unidos impulsó a Trump a darse la cabeza contra un Irán (apoyado política y económicamente por China), que fue pedantemente subestimado.

Además,  hay que considerar particularmente la existencia y el permanente aumento del poder geopolítico de un país como China gobernado por un Partido Comunista Marxista-Leninista y sus aliados globales, a lo que  habría  que agregarle que si se diera el muy posible triunfo militar y político de Rusia contra la OTAN en el territorio ucraniano, el tablero geopolítico mundial sufriría un cambio tectónico especialmente en Europa Occidental ya que, aun si Rusia no es un país socialista,  todos saben que el eje chino-ruso es estratégico y además Rusia es miembro de la Asociación de Cooperación de Shanghái (que incluye acuerdos y actividades de cooperación militar y de seguridad), de los BRICS y de la Franja y la Ruta. Desde 2015, China y Rusia acordaron coordinar la Franja y la Ruta con la Unión Económica Euroasiática (UEE), impulsada por Rusia e integrada también por Bielorrusia, Kazajistán, Armenia y Kirguistán. Uno de los proyectos más importantes es el Corredor Económico China-Mongolia-Rusia, destinado a desarrollar infraestructura, transporte y comercio entre los tres países.

Claro los actuales no son tiempos de revoluciones socialistas claras y puras como la rusa de Octubre del 17, la china del 49, la cubana del 59 o la vietnamita, pero el tablero en disputa hoy es el mundo entero y las condiciones económicas políticas y sociales son muy otras. La cuestión ideológica está lejos de haberse difuminado en ningún “fin de la historia”.

De todos modos, con esto no estamos queriendo decir que haya una estrategia explícita para llevar al mundo al socialismo liderada por China, sino que el fenómeno chino, su estrategia comercial e industrial mundial, la cada vez mayor cantidad de países que se suman a sus proyectos globales, la crisis generalizada del capitalismo y los movimiento sociales y políticos que a partir de ello van apareciendo, cada vez con más energía, dan que pensar.

Mariano  Ciafardini

Dr. en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

Centro de Estudios y Formación Marxista  Héctor Agosti Buenos Aires

CHINA AND THE CONTINUING RELEVANCE OF SOCIALISM

 CHINA AND THE CONTINUING RELEVANCE OF SOCIALISM (This article bad been already published in spanish in La Tecla Ñ Review froma Buenos Aires

Mariano Ciafardini
“Marxism points the way forward for human society. It is a powerful theoretical weapon that enables us to understand the world and its underlying tendencies, seek truth, and change the world. Marxism is not a set of rigid dogmas but a guide to action that must evolve as circumstances change.” —Xi Jinping, 2022
In all honesty, for any specialist in international affairs, whatever their ideological outlook, the proposition suggested by this title is the central geopolitical question of our time, even when it remains unspoken. The possibility it raises is the greatest fear of those who dream of capitalism continuing indefinitely, particularly those who grow wealthy from it. It is also the greatest source of hope for those who aspire to a socialist world, some of whom have only recently recovered from the blow dealt by the collapse of the Soviet Union.
The People’s Republic of China repeatedly states that it has no intention of imposing any political or social system on anyone, or of interfering in the internal affairs of any country, and its conduct bears this out. What it does explicitly advocate is a “community with a shared future for humanity.” Could an advanced capitalist country belong to such a community? Nothing explicit is said on this point, although the proposal appears to envisage a community that excludes no one. If so, what kind of community would it be? The very concepts of “community” and a “shared future” clash with the DNA of actually existing capitalism, let alone the liberalism of the Austrian School.
What is beyond doubt is that China, besides representing an unprecedented economic and political phenomenon, is promoting industrial, commercial, and even financial development across a substantial number of countries in the so-called Global South. The development of the productive forces is a fundamental prerequisite for the establishment of socialism. Another reason to think that China keeps open the question of Marxism’s continuing relevance and the possibility of socialism worldwide is the resistance it encounters from the leading capitalist powers and major international financial actors. From this perspective, many of these actors would seemingly welcome a weakening of China, provided it did not jeopardize their own interests. Those who advance this interpretation regard this dynamic as well understood by intelligence services and agencies specializing in strategic analysis.
Turning to the theoretical validity of Marxism—and, by extension, to all genuinely left-wing political positions—whether China serves, even unintentionally, as an example of socialism has fundamental ideological implications for the validity of Marxism and historical materialism.
The collapse of the Soviet Union was proclaimed, among other things, as a failure of these theories. The principal argument was that if, after more than 150 years, a theory had failed to achieve its objective of worldwide expansion, producing instead an experiment lasting “only” seventy years that ended in a return to capitalism in present-day Russia, this alone would render it a utopia, like those of the eighteenth- and nineteenth-century French socialists whom Marxism itself criticized. The interpretation would be different, however, if China were understood to have “taken up the baton” of twentieth-century socialism and to be carrying it forward under the particular conditions of the twenty-first century, even unintentionally. In that case, although the process had taken far longer than Marx and Engels, or even Lenin, imagined, the possibility of a socialist world—of socialism as an actual historical reality—would remain open.
One way of approaching the question posed by the title is through the Marxist concept already mentioned: the development of the productive forces, to which the founders of Marxism attached crucial importance. In The German Ideology, Marx argued that communism could, empirically, emerge only through the concurrent or simultaneous action of the dominant peoples, presupposing the universal development of the productive forces and the world intercourse bound up with them. Marx was speaking of Europe. Today, the world is different.
From this standpoint, we could not simply say that Soviet socialism failed. Rather, it would have been an attempt to establish socialism—or a way of confronting capitalism on a world scale—specific to the twentieth century, when the world’s productive forces were not yet sufficiently developed. Its dissolution would therefore signify not the failure of socialism but a transition to a different form of socialist country, exemplified by the present-day People’s Republic: one that adapts to twenty-first-century circumstances and is now developing the productive forces on a vast scale. The path toward a worldwide socialist victory would thus remain open, and Marxism, albeit with modifications that leave its fundamental structure intact, would neither have lost its validity nor have become a utopian doctrine.
It is true that the leading developers of the productive forces in the twentieth century were the capitalist United States and Western Europe, the latter assisted by the Marshall Plan. The Soviet Union, it must be acknowledged, also made its contribution. It was precisely this enormous development of the productive forces that transformed the industrial form of capital accumulation characteristic of twentieth-century capitalism, ushering in its present, higher and final stage of financial accumulation.
Today, the principal driving force behind the development of the productive forces is China, which describes itself as socialist and also promotes their development worldwide. Meanwhile, the relations of production in crisis—a crisis seemingly rendered terminal by the perverse dynamics of financialization—are those of the capitalist countries, especially the most developed.
Historical time does not follow the brief timescales of individual human lives. Although more than 150 years have passed since the publication of The Communist Manifesto, subsequent events would simply suggest that the process has taken longer than the founders of Marxism imagined, while the path toward socialism continues today with better prospects.
For the entire world to move toward a socialist system without exploitation or systemic violence, bringing to a close approximately 100,000 years of human history beginning with tribal warfare, a transitional process commensurate with that historical timescale is clearly required: a long and complex one.
To reiterate, if the Soviet experience were indeed the failure of a mistaken, utopian theory, and contemporary China were simply another expression of capitalism, sharing its exploitative and warlike characteristics, then intellectual honesty, free of dogmatic fanaticism, would require us to seriously question the work of Marx, Engels, Lenin, and the many others who advocated a worldwide transformation toward socialism and communism.
But if the October Revolution of 1917 and the Soviet Union that emerged from it are understood as a first historical attempt—or a second, if the Paris Commune is included—undertaken in a world where the productive forces required to sustain a socialist and communist society had not yet developed sufficiently, the process might be assessed differently. From this perspective, that attempt would find historical continuity in the People’s Republic of China, a country that has undergone one of the most extraordinary processes of productive development in modern history. In just a few decades, China has achieved levels of industrialization, modernization, and innovation that took the leading capitalist powers far longer to attain. Furthermore, any assessment of the material conditions necessary for the eventual construction of worldwide socialism would have to consider not only China’s development but also that of other formerly underdeveloped countries and, to some extent, the advanced capitalist economies themselves. After all, the productive forces, considered in themselves, have no particular ideology.
We could therefore argue that the famous condition of a worldwide development of the productive forces is now being fulfilled, regardless of the ideological orientation or declared political intentions of national governments, including those of the advanced capitalist countries. From this standpoint, humanity’s present productive forces may already be beginning to provide a sufficient material basis for the long-awaited socialism proclaimed in the mid-nineteenth century.
Admittedly, a particular and highly complex circumstance must be added to this picture: if socialism were to triumph worldwide, all eight billion people would have their basic needs met—assuming it were socialism in any meaningful sense. This would inevitably require a radical transformation of consumption patterns, because the planet could not withstand the carbon emissions and environmental destruction generated by a population of that size living according to the standards of today’s middle classes. This would be a central issue for a community with a shared future for humanity, requiring it to rise to the challenge and implement plans to avert such an outcome. And time is running out. In this regard, it should be noted that China is by far the largest producer of renewable energy systems, while its per capita emissions, despite its role as the workshop of the world, place it twenty-first, compared with fourteenth place for the United States. Global planning to transform patterns of consumption, and therefore production, sounds more like socialism than capitalism.
We might ask: where are the political indicators that the world is moving toward socialism? As already suggested, if the transformation envisaged by Marxism entails ending not merely a mode of production such as capitalism but an entire era of the exploitation of human beings by other human beings—to use Marx’s formulation—with the immensely complex ecological question now added to it, the political signs of that transformation will emerge gradually, through a process that, as noted above, will be lengthy and complex. This is not merely a crisis of capitalism; it is a crisis of civilization.
Nevertheless, some indicators are already discernible. That capitalism has entered its most parasitic and decadent phase, the financial stage, is something no one can deny. This dominant form of capital accumulation has led it into a profound industrial and commercial crisis, and the resulting social crises and uprisings are already beginning to emerge. Another sign of the major transformation that may lie ahead is that the military offensives that proved effective during the period of the “end of history”—from the late 1980s to the early 2000s—are no longer the military sightseeing tours they once were. For example, the US military-industrial complex pushed Trump into a headlong confrontation with an Iran, supported politically and economically by China, whose strength had been arrogantly underestimated.
Particular consideration must also be given to the existence and steadily growing geopolitical power of a country such as China, governed by a Marxist-Leninist Communist Party, together with its global allies. To this we should add that, should the very possible military and political victory of Russia over NATO on Ukrainian territory materialize, the global geopolitical landscape would undergo a tectonic shift, especially in Western Europe. Although Russia is not a socialist country, the strategic character of the Sino-Russian axis is widely recognized. Russia is also a member of the Shanghai Cooperation Organization, which encompasses agreements and activities involving military and security cooperation, and of BRICS, and it participates in the Belt and Road Initiative. In 2015, China and Russia agreed to coordinate the Belt and Road Initiative with the Russian-led Eurasian Economic Union, whose other members are Belarus, Kazakhstan, Armenia, and Kyrgyzstan. One of the most important projects is the China–Mongolia–Russia Economic Corridor, intended to develop infrastructure, transport, and trade among the three countries.
Clearly, the present is not an era of unambiguous socialist revolutions such as Russia’s October Revolution of 1917, China’s revolution of 1949, Cuba’s of 1959, or the Vietnamese revolution. But the arena of struggle today is the entire world, and economic, political, and social conditions are very different. The ideological question is far from having dissolved into any “end of history.”
None of this is intended to suggest that an explicit, China-led strategy exists to bring the world to socialism. Rather, the Chinese phenomenon, its worldwide commercial and industrial strategy, the growing number of countries joining its global projects, capitalism’s generalized crisis, and the social and political movements emerging from that crisis with increasing energy all give us reason to reflect.
Mariano Ciafardini
PhD in Social Sciences, University of Buenos Aires
Héctor Agosti Center for Marxist Studies and Education, Buenos Aires 

lunes, 19 de octubre de 2026

Xi Jinping

 

Sobre Xi Jinping

Xi Jinping nació el 15 de junio de 1953, en Beijin, en el seno de una familia estrechamente vinculada a la dirección del Partido Comunista Chino. Su padre, Xi Zhongxun, había sido un importante dirigente revolucionario y, posteriormente, viceprimer ministro. Xi Zhongxun (1913-2002), fue uno de los veteranos revolucionarios del Partido. Sin embargo, la posición de su familia cambió bruscamente antes de la Revolución Cultural: su padre cayó en desgracia política en 1962 y fue apartado de sus cargos. Durante la Revolución Cultural (1966-1976), la familia sufrió persecución política. En 1969, con 15 años, Xi Jinping fue enviado al campo como parte del movimiento de los llamados “jóvenes instruidos”. Su destino fue Liangjiahe, una aldea pobre de la provincia de Shaanxi, donde vivió y trabajó entre 1969 y 1975. Allí realizó labores agrícolas y posteriormente llegó a ser secretario de la célula local del Partido. Este período ocupa un lugar central en la biografía política que posteriormente construyó alrededor de su experiencia personal, ¿Porqué, a pesar de la persecución  de la revolución Cultural Xi sigue  siendo fiel al partido?  En primero lugar  porque su identidad familiar era profundamente revolucionaria y comunista. Xi Zhongxun no era un opositor al sistema: era un veterano de la revolución que había sido perseguido por otros dirigentes comunistas. Para Xi Jinping, por tanto, podía existir una diferencia entre el Partido como proyecto histórico y los errores o excesos cometidos dentro del Partido. Esto puede explicar también las tensiones  entre Mao y Deng.

Además su experiencia de Liangjiahe parece haber producido en él una conclusión diferente de la que podría esperarse. Xi ha dicho que esos años le permitieron comprender mejor la vida campesina, la realidad y la relación con las masas. En 1974 ingresó al Partido y posteriormente llegó a dirigir la célula local del PCCh en Liangjiahe Es decir no concluyó: “el comunismo persiguió a mi familia, por lo tanto hay que abandonar el comunismo”. Su interpretación fue más parecida a: dentro del Partido se cometieron errores graves, pero el proyecto revolucionario y socialista sigue siendo válido.

Esto ayuda a entender algo aparentemente contradictorio de Xi: puede reivindicar a Mao como fundador de la República Popular y, al mismo tiempo, aceptar que durante la etapa maoísta hubo errores graves, entre ellos los de la Revolución Cultural.

Por eso, paradójicamente, la experiencia de su propia familia puede haber contribuido a que Xi valore muchísimo el orden, la disciplina interna y la unidad del Partido. Esa es una de las claves más interesantes para comprender por qué Xi es ideológicamente muy partidario del PCCh pero, al mismo tiempo, está muy lejos de querer repetir algo parecido a la Revolución Cultural.

Xi solicitó varias veces ingresar al Partido Comunista hasta ser finalmente admitido en enero de 1974.

Entre 1975 y 1979 estudió ingeniería química en la Universidad de Tsinghua, una de las universidades más prestigiosas de China. Pero un elemento importante para comprender su carrera es que no permaneció en Beijin. Desde comienzos de los años 80 desarrolló durante aproximadamente 25 años una carrera fundamentalmente provincial.

En Zhengding, provincia de Hebei, fue subsecretario y luego secretario del Partido entre 1982 y 1985.En 1985 fue trasladado a Fujian, provincia situada frente a Taiwán. Allí permaneció alrededor de 17 años.

Ocupó sucesivamente cargos  y llegó a ser gobernador de Fujian.

Esta prolongada experiencia provincial coincidió con el período de expansión de las reformas económicas iniciadas bajo Deng Xiaoping.

 Desde 2002-2007 estuvo  en Zhejiang, una de las provincias económicamente más dinámicas de China. Fue primero gobernador interino y posteriormente secretario provincial del PCCh, el cargo político más importante de la provincia.

Zhejiang tenía un poderoso sector privado y una economía exportadora muy desarrollada, por lo que allí Xi adquirió experiencia directa en la administración de una economía de mercado integrada dentro del sistema socialista chino.

En 2007 fue designado secretario del Partido en Shanghái. Permaneció pocos meses porque ese mismo año fue incorporado al Comité Permanente del Politburó, el máximo órgano de dirección política de China.

Desde ese momento quedó claramente ubicado entre los dirigentes con posibilidades de suceder a Hu Jintao.

En 2008 fue elegido vicepresidente de China, y en 2010 vicepresidente de la Comisión Militar Central.

El momento decisivo llegó en noviembre de 2012, durante el XVIII Congreso del Partido Comunista. Xi fue elegido Secretario general del Partido Comunista Chino y Presidente de la Comisión Militar Central.

En marzo de 2013 fue elegido además presidente de la República Popular China. Desde entonces concentra las tres principales dimensiones del liderazgo chino: Partido, Estado y Fuerzas Armadas. Gobierno de China

Es conocido el“Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era”. Esto,  en 2017, fue incorporado a los estatutos del Partido y posteriormente a la Constitución china.

Una de sus ideas centrales es que China habría entrado en una “Nueva Era” después de dos grandes fases anteriores Mao Zedong: consolidación de la independencia y del Estado socialista y Deng Xiaoping: reforma económica y apertura.

Desde 2012 su administración ha estado marcada por varios procesos importantes: una extensa campaña anticorrupción dentro del Partido; una mayor centralización de la dirección política; fortalecimiento de las empresas estatales en sectores estratégicos, combinado con una gran economía privada; modernización tecnológica e industrial; expansión internacional mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta; modernización de las Fuerzas Armadas; políticas para reducir pobreza extrema; y una política exterior más activa.

Otro cambio institucional importante se produjo en 2018, cuando la Asamblea Popular Nacional eliminó de la Constitución el límite de dos mandatos para la presidencia de la República. Esto permitió que Xi fuera elegido en marzo de 2023 para un tercer mandato presidencial.

Xi Jinping se presenta a sí mismo no como una ruptura con Mao o Deng, sino como una continuación que adapta esa tradición a una nueva etapa histórica. El propio PCCh mantiene formalmente en una misma línea doctrinal a Marxismo-Leninismo, Pensamiento de Mao Zedong, Teoría de Deng Xiaoping y Pensamiento de Xi Jinping.

¿Qué modifica respecto de Deng? Aquí está probablemente el cambio histórico más interesante.

Durante la etapa Deng-Jiang-Hu, aproximadamente 1978-2012, predominó la prioridad de crecimiento económico, apertura e integración mundial. Con Xi la fórmula se vuelve aproximadamente: desarrollo, seguridad, tecnología, capacidad estatal y dirección del Partido.

Eso significa que el crecimiento económico deja de ser el único criterio fundamental. Por ejemplo, Xi introduce con mucha más fuerza cuestiones como: seguridad tecnológica, seguridad energética, seguridad alimentaria, control de cadenas de suministro, industria estratégica, inteligencia artificial, semiconductores y defensa nacional.

Deng trató de evitar que volviera a surgir una concentración de poder comparable a la época de Mao. Después de Mao se desarrollaron mecanismos de liderazgo colectivo, sucesión relativamente regular, límites informales y formales al poder personal. Con Xi parte de esa tendencia se ha revertido.

El núcleo dirigente vuelve a tener un papel mucho más destacado y la dirección central del Partido se fortalece considerablemente. Los propios documentos del PCCh describen a Xi como el “núcleo” del Comité Central y del Partido en su conjunto.

Y esto permite entender algo importante: Xi no elimina el modelo de Deng; intenta corregir lo que la dirección china considera algunas consecuencias problemáticas de aquella etapa, especialmente desigualdad, corrupción, dependencia tecnológica y debilitamiento de la autoridad partidaria.

En unas breves reflexiones  iniciales el experto en Xi, Kevin Rudd, en su libro “On Xi Jinping. How Xi´s marxist nationalism is shaping China and the world”,  al definir la cosmovisión ideológica de Xi Jinping  afirmó:  “tal como señalé en el capítulo introductorio  él se ha desplazado hacia la izquierda leninista, orientando la política china hacia una izquierda marxista. Una premisa fundamental de este libro es que la cosmovisión ideológica sigue siendo relevante para el PCCh, no solo en el plano teórico, sino también como guía práctica para que los funcionarios configuren o reflejen cambios en la orientación política dentro del mundo real”

Kevin Rudd es un político, diplomático y especialista australiano en China. Nació en 1957 y fue primer ministro de Australia en dos períodos: 2007-2010 y nuevamente en 2013.

Lo que lo hace especialmente interesante para estudiar a Xi Jinping es que Rudd no es sólo un ex político: es un sinólogo, habla mandarín, estudió lengua e historia china en la Australian National University, trabajó como diplomático en Beijin y posteriormente hizo un doctorado en Oxford centrado en la visión ideológica de Xi Jinping. Kevin Rudd en el trabajo mencionado analiza el pensamiento político de Xi y sostiene que para entender su gobierno hay que tomar en serio su formación marxista, y no verlo solamente como un dirigente nacionalista o pragmático.

Para el tema que veníamos tratando, Rudd es particularmente útil porque intenta responder justamente a esta pregunta: ¿Xi es simplemente un continuador de Deng, un retorno a Mao, o está construyendo algo distinto? Su respuesta, en términos generales, es que Xi combina elementos del marxismo-leninismo, la tradición maoísta, el nacionalismo chino y la modernización económica posterior a Deng, pero los reorganiza bajo una dirección partidaria mucho más centralizada

La interpretación de Kevin Rudd es que Xi Jinping no debe entenderse simplemente como un “nuevo Mao” ni como un continuador de Deng. Rudd sostiene que Xi construyó una combinación propia  desde 2012 Xi desplazó la política china hacia un leninismo más fuerte, la economía hacia una mayor presencia del Estado.

Para Rudd, hay dos elementos principales: 1) Leninismo en la política interna. Xi considera fundamental que el Partido controle y coordine el conjunto del sistema político. Por eso reforzó la disciplina interna, la centralización, las organizaciones partidarias y la autoridad del Comité Central. Rudd considera que Xi es el dirigente chino más ideológicamente comprometido desde Mao. Kevin Rudd ; 2) Marxismo en la economía, pero sin abolir el mercado. Este punto es importante. Rudd no dice que Xi quiera volver a la economía maoísta. China continúa teniendo empresas privadas, mercados, comercio internacional e inversión extranjera. Pero Xi considera que el mercado debe estar subordinado a los objetivos políticos y estratégicos del Estado y del Partido. Por eso aumentó la importancia de las empresas estatales, la política industrial y el control sobre sectores considerados estratégicos.

Quizá el aspecto más interesante de la lectura de Rudd es que  sostiene que Xi realmente utiliza categorías marxistas y dialécticas para interpretar el mundo. No considera la ideología simplemente una decoración utilizada por el PCCh para legitimarse. Según Rudd, Xi piensa que existen grandes tendencias históricas estructurales y que el equilibrio mundial está cambiando.

Aparece una cuestión bastante profunda: Rudd cree que para Xi el desarrollo de las “fuerzas productivas” sigue siendo marxista, pero hoy esas fuerzas productivas ya no son simplemente fábricas y acero: son IA, semiconductores, robótica, biotecnología y nuevas energías. Esa conexión ayuda mucho a entender el actual proyecto tecnológico chino.

En su libro Rudd se refirió a la siguiente cita de Xi, de un discurso o en 2022 ante el politburó: “El marxismo señala el camino para el avance de la sociedad humana. Es una poderosa arma teórica para que comprendamos el mundo y su tendencia subyacente, busquemos la verdad y cambiemos el mundo. El marxismo no es un conjunto de dogmas rígidos, sino una guía para la acción que debe evolucionar a medida que cambia la situación. Si el marxismo puede cumplir su papel rector depende de si sus principios básicos se adaptan a las condiciones de China y las características de la época. En un mundo que cambia rápidamente y un país en rápido crecimiento, no podemos estar atados a viejas convenciones y pensamiento rígido, y debemos ser lo suficientemente audaces para actualizar nuestra teoría. Si no podemos responder preguntas sobre el presente y el futuro de China y su gente y el mundo en general, perderemos impulso en el avance de la causa del Partido y el país, el marxismo se marchitará y la gente perderá la fe en él” (Rudd, 2024: 35 la traducción es nuestra).

  Según Rudd, en un artículo presentado por primera vez en enero de 2013, pero no publicado hasta 1920, en Quinshi, que se titulaba “Manteniendo la importancia del materialismo histórico en la incesante apertura a nuevos límites para el marxismo chino contemporáneo”.  Xi recordó al Partido que, durante sus cinco años como director de la Escuela Central del Partido, su mensaje central fue que la filosofía marxista era la materia principal […] para todos los cuadros del Partido. Xi recordó su discurso anterior en la escuela, donde citó con aprobación la opinión de Chen Yun, ex líder conservador del Partido y uno de los principales opositores de Deng en las décadas de 1980 y 1990.  Chen Yun había dicho que “al estudiar teoría el desafío más importante es implementar el método ideológico correcto; por lo tanto, es esencial estudiar filosofía para comprender la metodología ideológica correcta para observar las cosas; y si no se comprende el materialismo dialéctico, siempre se cometerán errores”. Al igual que en el discurso de Xi sobre el materialismo dialéctico, en este artículo Xi se basa ampliamente en “Sobre la contradicción” y “Sobre las prácticas” de Mao. Sin embargo, Xi también hizo un uso más expansivo del discurso de Mao de 1942 titulado “Rectificar el estilo de trabajo del Partido […]”. Esto parece ser un recordatorio deliberado a los trémulos colegas de Xi en el Partido sobre su propio celo por la construcción del Partido y la lucha contra la corrupción. Xi también utilizó este discurso de 2013 sobre el materialismo histórico para comenzar a prefigurar las bases ideológicas para la redefinición formal del Partido. Las principales contradicciones en 2017 afirmaron que todas las decisiones correctas en la historia del PCCH se tomaron a través de la lente analítica del materialismo histórico. Esto incluyó la Reforma y la Apertura, que siguió al reconocimiento por parte del Partido de los factores de producción no desarrollados de China en su etapa actual de desarrollo histórico, es decir, la etapa primaria del socialismo. Por lo tanto, Xi afirmó que esto significaba comprender las complejas “interacciones mutuas, restricciones mutuas y control mutuo entre los factores de producción y las relaciones de producción, así como entre la base económica y la superestructura social”. Xi advierte que estas relaciones eran extremadamente complejas y que, en ocasiones, podían generar una reacción contraria de la superestructura social hacia la base económica (Rudd, 2024: 94-96 la traducción es nuestra).

Xi es el primer líder del Partido desde Mao en pronunciar discursos explícitamente dedicados a la metodología analítica marxista. Si bien no añadió nada al contenido conceptual de la metodología marxista, Xi se diferenció deliberadamente de Deng, Jiang y Hu al restablecer la importancia de estos principios.  Al comienzo de su mandato Xi dirigió críticas ideológicas notablemente agudas a sus predecesores por no haber logrado abordar las nuevas contradicciones generadas por la reforma económica de mercado. Xi fue explícito sobre que el Partido necesitaba ajustar su modelo de desarrollo económico para lidiar con la creciente desigualdad y rechazar la adaptación de todo al mercado.   

Desde principios del período Xi, el enfoque impulsado por el mercado para las empresas estatales comenzó a cambiar. El III pleno del XVIII Comité Central en 2013 resolvió que el Estado se centraría en la gestión del capital en lugar de administrar las empresas por sí mismas. Según esa decisión, los gerentes de las empresas estatales tenían que servir a los objetivos estratégicos del Estado e invertir más en industrias y áreas clave que son vitales para la seguridad nacional y son el alma de la economía (Rudd, 2024: 189 la traducción es nuestra).

En marzo de 2012, Xi presidió una reunión nacional sobre el Documento Nº II producido por el Departamento de Organización Central del PCCH, que formalizó la intención del Partido de establecer comités en todas las empresas del sector privado, grandes y pequeñas, en todo el país. Esto fue seguido en noviembre de 2018 por las nuevas regulaciones del PCCH, que facultan a las organizaciones del Partido a guiar y supervisar a las empresas privadas en su estricto cumplimiento de la ley y las regulaciones nacionales.

En su enfoque geopolítico  es conocida la posición de XI de una “comunidad de naciones de destino compartido”  lo que evoca,  en las condiciones de este siglo XXI, el internacionalismo proletario del siglo XX, en un lenguaje apropiado a una situación en la que no se ha desatado una   guerra fría (ni una caliente a nivel mundial como en el SXX) que retrase la integración mundial, sino que se da la posibilidad real de la construcción  de una comunidad de naciones unidas por el comercio igualitario  y la diplomacia pacífica.

Es decir que China a la par  de estar  cambiando el mundo se está cambiando a sí misma, y no precisamente en un camino capitalista,  eso no es ninguna coincidencia extraña. Es dialéctica pura.

 

 

viernes, 31 de julio de 2026

A propósito del libro de Axel kichilof Volver a Keynes

 


Para un lego en cuestiones económicas el esfuerzo de leer un libro de economía no fue poco. Sólo lo permitió la claridad expositiva y ausencia de rodeos del autor, cuya autoridad en la materia está fuera de discusión.


Creo haber comprendido qué es el keynesianismo y pido disculpas si mi entendimiento del asunto, precisamente por las cuestiones antedichas, es impreciso o aún equivocado.


Lo importante para mí, en términos de un enfoque marxista y materialista histórico, asuntos en los que creo que sí soy un entendido, o al menos un conocedor acerca de que se trata la cosa, hay una cantidad de cuestiones que son dignas de resaltar.


En primer lugar, queda claro en el trabajo de Axel Kicillof que hasta fines del siglo XIX lo que imperó fue el individualismo analítico. Lo teórico de la ley de Jean Baptiste Say, del ricardismo y de las teorías clásicas tenía su base material en el hecho de que la mayoría de los capitalistas eran dueños absolutos de sus propias empresas, competían entre ellos y tenían como visión de futuro un desarrollo imparable del capitalismo en esos términos que llevaría, entre otras cosas, al pleno empleo. A ello había que agregarle la insensibilidad de la burguesía industrial naciente respecto de lo que Marx llamó «el ejército de reserva», es decir, la inmensa masa de trabajadores desempleados, viviendo en condiciones miserables, a la espera de ser contratados por sueldos también miserables, lo que contradecía dramáticamente aquella afirmación de la teoría clásica. En ese entonces las leyes de la oferta y la demanda a secas, si no reflejaban realmente la situación existente, tenían (siendo condescendientes con ellas) al menos visos de poder ser las explicaciones del futuro del capitalismo que los propios capitalistas imaginaban.


Esto, como no podía ser de otra manera, no fue así, y lo más demostrativo de ello fue la crisis del 29. Kicillof expresa con cierto fundamento que Keynes ya sabía para ese entonces que la situación económica había cambiado históricamente en forma sustancial.


Lo cierto es que, en términos reales, aquella empresa individual o familiar, en «libre» competencia con otras, había sido sustituida por gigantescos monopolios con gran influencia sobre los estados nacionales, y en los que ya se  podía diferenciar a los directores (como verdaderos dueños) de los inversores y accionistas.


Esto en realidad, y como no lo deja de mencionar nuestro autor, había sido ya previsto por el propio Lenin en 1917, en «El Imperialismo etapa superior del capitalismo»; sólo debe decirse que Lenin se refirió también a descripciones de la realidad mundial que Keynes jamás tuvo en cuenta. El libro de Lenin no era de teoría económica, pero coincidía en aspectos fundamentales con los de economistas como Hobson y Hilferding.


Aquí lo que creemos un gran acierto de Keynes, tal como está descripto en el libro de Kicillof, es el de haber comprendido el cambio cualitativo de una etapa histórica a otra, o, si se quiere en términos marxistas, el cambio en el modo de acumulación del capital.


La descripción de todo ello está minuciosamente tratada y constituye el corazón del trabajo de Kicillof, pero no podemos entrar en detalles al respecto (macro y microeconomía, empleo, demanda y oferta agregadas, inversión, ahorro, tasa de interés, etc.) por dos motivos: la escasez de espacio de este artículo y de conocimientos de quien lo escribe. Pero obviamente tiene el rigor y la prolijidad de una tesis de doctorado que es lo que el propio autor reconoce como la base de su obra.


La cuestión que nos ha llevado fundamentalmente a escribir estas líneas no es el contenido de la obra que comentamos, sino su título. Y esto tiene que ver, precisamente, con las mismas razones históricas que da Axel como explicación del surgimiento «necesario» del pensamiento de Keynes y, agregaríamos nosotros, del o de los keynesianismos efectivamente aplicados.


Ello está íntimamente relacionado, ahora sí, con nuestra particular concepción del materialismo histórico que nos lleva a entender que las etapas del capitalismo son no dos (Lenin dixit) sino tres. Del mismo modo que la primera transformación —paradigmáticamente mercantil— se distinguió de la segunda —fundamentalmente industrial— con una radicalidad tal que tuvo en Keynes a uno de sus protagonistas y relatores, en las décadas de 1980 y 1990 del siglo XX se produjo un nuevo movimiento tectónico en la economía capitalista, de una magnitud comparable al experimentado entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Este cambio de etapa consiste en el tránsito del capitalismo industrial desarrollista al capitalismo neoliberal financiero, frente al que las ideas del propio Keynes, así como fueron una novedad a principio de siglo, por explicar lo que las teorías clásicas no podían dar cuenta en ese momento de lo que estaba pasando, hoy no pueden explicar los fenómenos de este nuevo cambio de etapa (la tercera y última del capitalismo). Es decir, hoy no se puede volver a Keynes.


El siglo XX se manifestó, desde el punto de vista del capital, como el siglo del desarrollo de impresionantes empresas monopólicas de capital productivo que se enfrentaban en la lucha de clases con los obreros organizados en grandes sindicatos en los países industrializados, y con movimientos de liberación en los países dependientes (a cuyas realidades económicas no se refirió en absoluto Keynes o, al menos, no menciona el libro de Axel que lo haya hecho).


Pero hoy esto no es ya así, el modo de acumulación y regulación (relaciones productivas) paradigmático del capitalismo hoy es financiero y para la explicación de ello Keynes es el que es insuficiente ahora.


Si consideramos al capitalismo mercantilista inicial (durante el que nacen las teorías económicas clásicas) y al imperialista productivo, para la explicación del cual Keynes considera insuficientes a las teorías clásicas, como los dos momentos primeros de una triada dialéctica, es decir afirmación y negación dialéctica, este tercer momento debería implicar una síntesis de las dos anteriores que llevaría a otro nivel del espiral dialéctica. Es decir, a un momento histórico económico superior y superador de los dos anteriores.


Habría que avanzar sobre los análisis de las condiciones histórico-materiales del momento actual, pero Kicillof no lo hace. No se lo puede culpar por ello en cuanto advierte desde el inicio de su trabajo que se va a limitar a describir la teoría general de Keynes y su crítica a las teorías clásicas y marginalistas. Pero el título (que por otro lado impacta económica y políticamente) lo condena. No se puede tratar de volver a una teoría que, aunque explicó con cierta racionalidad un momento histórico ya superado, hoy no puede explicar el presente de un mundo en el que la globalización financiera neoliberal se enfrenta, en lo que podría considerarse un marco de lucha de clases a nivel internacional, con un nuevo mundo creciente e imparable que implica otro modelo de organización y existencia de la humanidad antagónico respecto del primero. Es imperioso abordar este tema, pero Kicillof tampoco lo hace, y ahora sí sería muy importante que lo hiciera, sobre todo para todos los que creen o podrían llegar a creer en él.

domingo, 7 de junio de 2026

Los 70. Una interpretación (I)

 

Los 70. Una interpretación (I)

 

El debate sobre lo ocurrido en la Argentina en la década de 1970, con sus antecedentes provenientes por lo menos desde 1955  en adelante,  ha sido extenso, con argumentos   de lo más diversos,  algunos coincidentes  y otros contrapuestos.

 La idea principal de estas líneas no es la de abordar un análisis de aquellos años, para lo que sería necesario mucho más que un  simple artículo sino la de llegar con el debate a importantes sectores de  una juventud que nacida, en su mayoría, en democracia, no entiende o no  termina de entender cómo fueron posibles aquellos hechos  los que vistos desde un presente totalmente diferente, situado en un contexto sociopolítico nacional e internacional cualitativamente distinto aparecen,  a veces, ante sus ojos como extravagantes  y a veces irracionales o absurdos.

 Por  ello no nos hemos de extender  en detalles y descripciones harto conocidas y tratadas por una bibliografía pocas veces tan profusa respecto de otras épocas de la historia argentina.

La idea es tratar de plantear cuales fueron, desde nuestro punto de vista, las coordenadas generales de ese proceso complejísimo y finalmente trágico de la historia de nuestro país. Por lo que queda claro que no aludiremos a  hechos  que fueron, en aquellos años, trascendentales  y de gran impacto político, ni al análisis de fenómenos histórico políticos importantísimos  de la política argentina, limitándonos a la precisión de, lo que pensamos,  son algunas ideas que deben ser debatidas y entendidas de alguna manera como explicación de lo sucedido en aquellos años, entendimiento que sirva, a su vez, para interpretar el presente político del país y del mundo.

En primer lugar una reflexión para no quedar fuera de contexto. En la arena internacional hacía relativamente poco que había terminado el más grave y luctuoso conflicto bélico mundial  de toda la historia de la humanidad, que culminó con sesenta millones de muertos y la desaparición instantánea de dos ciudades japonesas en las que se arrojaron sendas bombas atómicas. A ello siguieron los no menos sangrientos conflictos de las guerras de Corea y de Vietnam con millones de muertos y luchas anticoloniales con miles de muertos en varios países En la Argentina se habían sucedido los bombardeos a plaza de mayo con cientos de civiles muertos en 1955 los  fusilamientos de civiles y aun de militares de alto rango   en el levantamiento peronista de  1956,  la muerte de decenas de personas,  entre ellas de conscriptos y civiles,  en el enfrentamiento entre  las fracciones de azules y colorados, del ejército,  en 1962 y varios muertos  en distintas manifestaciones sociales. Es decir la muerte estaba en el aire del clima político. Más tarde ya en  el año 1972 se produce el fusilamiento  de 19  militantes políticos que estaban detenidos en un cuartel de la armada,  en la conocida como  “Masacre de Trelew”.  En todos estos casos los autores de las muertes y ejecuciones fueron las Fuerzas Armadas. Politica y muerte estaban asociadas a posiciones intransigentes en las que iba creciendo  la idea de la necesidad de exterminar físicamente al  enemigo político. Eso era parte de una cultura política  que hoy, en términos generales,  no tiene punto de comparación con aquello.

 En los principios de los años 70 y con un proceso que se venía gestando desde la resistencia peronista a los gobiernos posteriores a 1955 (con algunas excepciones) y que se profundizó con el triunfo de la revolución cubana  en 1959/60,  el clima que se vivía  en amplias masas juveniles,  algunas ( la mayoría ) autoproclamadas peronistas (de izquierda) y el resto con visiones marxistas,  era el de que la revolución nacional que iba a implantar el socialismo ya fuera socialismo nacional o socialismo a secas  ( aunque no claramente definido en sus detalles pero con  una intencionalidad final de estatización de los grandes medios de producción  y una redistribución radical de la riqueza) en el país, no solo era posible sino que ya se estaba, en términos históricos, prácticamente a sus puertas. Así se hablaba de tomar el cielo por asalto.

 En este proceso de convicciones férreas tuvo una importancia crucial la década del 60  en la que se vivieron  tanto a nivel internacional como nacional grandes manifestaciones  y movilizaciones en pos de un cambio del sistema capitalista  y en general con visiones socialistas. En particular en Argentina muchas de esas movilizaciones fueron protagonizadas por importantes sectores de la clase obrera que tuvieron como su momento cumbre el Cordobazo de 1969.

Este porvenir socialista era el convencimiento casi absoluto   en un  muy numeroso espectro  joven  de la población integrado por amplios sectores de los hijos de la clase media y no pocos jóvenes provenientes de familias obreras y obreros ellos mismos.

Nuevamente, el debate entre estos numerosos jóvenes  no era la posibilidad o no  del socialismo en la Argentina, sino principalmente cuál era la vía  o la estrategia correcta para alcanzarlo. Tal era la mística imperante en ellos y  de allí la entrega a una lucha que sabían riesgosa pero que valía la pena ya que lo contrario era quedar fuera de la historia  y vivir prácticamente  sin sentido.

  Hay que decir que la gran oposición a la dictadura de 1966-72 por parte de la mayoría del pueblo argentino, se basaba, en algunos casos,  en cuestiones ideológicas,  pero tenía mucha importancia, particularmente para las grandes masas de la población, los pésimos  resultados en la gestión económico-social de los militares con ministros de economía como Krieger Vasena o Álvaro Alsogaray de corte totalmente conservadores o liberales.

Esta oposición de grandes masas  a la dictadura imperante a fines de los 60 y principios de los 70 fue, tal vez, lo que hizo pensar a los sectores juveniles peronistas y no peronistas revolucionarios, principalmente, pero también a los partidos de izquierda (que imaginaban el “giro a la izquierda de las masas peronistas”) que esas amplias masas estaban dispuestas a acompañarlos en algún momento en su camino a la revolución socialista

Las estrategias que se planteaban para logar la toma del poder y la instauración del socialismo  en el país eran básicamente dos.

Una encarnada principalmente por los Montoneros  que querían la “patria socialista”  (pero  se autodenominaban  peronistas en la creencia de que estando dentro del movimiento  estaban mucho más cerca,  de alguna manera, de una mayoría obrera del país que era históricamente peronista) y el llamado Ejército Revolucionario del Pueblo,  autodenominado  marxista guevarista,  que no se identificaba para nada con ningún perfil peronista pero también compartía  en lo sustancia esta primera  estrategia. Esa estrategia de estas agrupaciones izquierdistas  (o de peronismo de izquierda) y otras más pequeñas era la lucha armada.

A los partidarios de esta estrategia les parecía absurdo pensar que  se pudiera llegar a la meta socialista mediante la competencia electoral  de la manera que fuese o que las grandes masas pudieran movilizarse por el socialismo sin una vanguardia armada que las liderase y consideraban en términos  generales a las fuerzas armadas como brazo armado de la oligarquía y del imperialismo, que había que vencer y romper   en la creencia de que  el avance en este sentido haría que la mayoría del pueblo los empezaría a seguirlos  y a apoyarlos combativamente. A todo lo demás lo tildaban, en el mejor de los casos, de reformismo.

La otra estrategia en pos de la instauración del socialismo fue la del Partido Comunista, ( partido de poca relevancia electoral en sí mismo pero con una no desdeñable predica política influyente en varios sectores)  que venía sosteniendo, desde hacía un tiempo, que la forma de llegar al socialismo era,  en principio, o aceptar la contienda electoral,  o generar una insurrección de masas (inspirado precisamente  en las grandes movilizaciones como el Cordobazo), pero todo ello liderado por un gran frente democrático agrario y antiimperialista “con miras al socialismo”, en el que se debían integrar los sectores representantes de la burguesía nacional (entonces todavía realmente existente) particularmente la pequeña y mediana burguesía, es decir parte de los que apoyaban al  Partido Justicialista, al radicalismo  y otros partidos ya fueran  de izquierda o de  centro izquierda menores y los independientes políticamente  y por supuesto las grandes masas obreras y populares. Un imaginario bastante ambicioso pero al que se llegaba también a partir del clima político de la época.

Particularmente cuando las circunstancias se pusieron más complicadas para las ambiciones  socialistas de este partido, se planteó la tarea de sumar a ese gran frente progresista  a un sector de las fuerzas armadas  que  coincidiera con estos objetivos  o al menos con la mantención del sistema democrático  y desde esa base seguir la lucha por obtener el apoyo masivo a la propuesta socialista.

A los representantes de esta segunda estrategia les parecía descabellada, e incluso contraproducente para los objetivos socialistas,  cualquier forma de lucha armada ya   que ello, creían,  no solo no destruiría a unas fuerzas armadas, evidentemente superiores en el plano militar, sino que haría deslizarse a todo  las institución a amplios  sectores políticos hacia la derecha, como finalmente ocurrió.

Debe decirse que numéricamente el PC y sus aliados más próximos conformaban un grupo mucho más escueto comparado con el espectro de Montoneros y todo su entorno de la juventud peronista de izquierda organizada en las llamadas “Regionales”. Pero lo cierto es que, con respecto a la instauración del socialismo en la Argentina, estas dos estrategias eran prácticamente las dos únicas visibles con claridad más allá de expresiones de otros partidos de izquierda trotskistas y maoístas muy minoritarios en ese entonces, algunos de los cuales terminaron apoyando la vía armada.

Lo cierto es que ambas estrategias con esta intencionalidad  socialista (y comunista) fracasaron. La guerrilla fue exterminada por los militares, sobre todo a partir del golpe de 1976,  terminando aislada del pueblo y sin que se logara ningún apoyo masivo a  su accionar. Junto con ello la dictadura arrasó con todo un entorno político de la militancia revolucionaria  principalmente comisiones internas de fábricas, organizaciones estudiantiles y  sindicatos,  con o sin relación con el movimiento guerrillero. La estrategia comunista y de algunos partidos menores aliados,  de fracturar a las fuerzas armadas  y atraer un sector hacia su carril revolucionario, o al menos “democrático burgués”, chocó contra un monolítica posición de unidad de las fuerzas  en la lucha contra la guerrilla  que, más allá de la existencia o no de sectores democráticos en su interior (que seguramente existían pero no se expresaron en absoluto), dejó al partido, empecinado en logar esa fracción,  en un diálogo de sordos con un sector de militares integrantes de  la dictadura militar, cuando estos   estaban también involucrados en la  represión feroz a la guerrilla y a todo el movimiento popular. Este error garrafal,  a pesar incluso de que más  de cien victimas de esa represión eran del propio Partido Comunista, les  valió,  posteriormente, el mote (exagerado y muchas veces malintencionado) de colaboracionistas. Es posible que aun sabiendo de la masacre que se estaba llevando a cabo  insistieran en la estrategia, entre otras cosas, para detenerla, aunque esto nunca quedo claro, pero lo cierto es que su posición, especialmente a partir de mediados de 1976, resultó, al menos,  trágicamente ingenua e imperdonable en un partido que se jactaba de tener los mejores análisis políticos desde su posición marxista leninista y un importante frente de inteligencia e información particularmente dentro de las mismas Fuerzas Armadas.

Porqué motivo fracasaron ambas estrategias,  en lugar de triunfar alguna de ellas o confluir ambas en algún momento. Desde nuestro punto vista  ello estuvo  vinculado principalmente al contexto internacional,  porque más allá de los acontecimientos que se sucedían en el país ninguna de estas fuerzas pro socialistas advirtió (tal vez sea  mucho pedir  que lo hayan hecho en aquel momento) que la situación internacional estaba cambiando radicalmente y no precisamente a favor de la tendencia al socialismo mundial o al fortalecimiento de los países socialistas ya existentes, ni al triunfo socialista de los movimientos de liberación nacional. Por el contrario lo que empezaba a darse eran procesos más o menos lentos de desgaste, parálisis  y aislamiento de todas estas experiencias  que condujeron finalmente a lo que condujeron a finales de la década del 1980.

La derrota de las esperanzas socialistas fue de tal magnitud  en todo el mundo, incluida Latinoamérica   y particularmente la Argentina, que el nuevo capitalismo emergente  capitaneado por los Estados Unidos se dio “el lujo” de ponerse en contra y presionar para remover  las propias dictaduras militares que había ayudado a imponer en el continente  y reemplazarlas por regímenes electorales,  en la seguridad de que cualquiera que fuera el resultado de las elecciones de ninguna manera serían triunfos de las izquierdas . Pero además se dio también “el lujo” de impulsar una estrategia política internacional de defensa de los derechos humanos  en contra de los actores de las dictaduras latinoamericanas que, como se dijo, ellos mismos habían alentado incluso en la represión.

Hay que decir que esta  hipócrita estrategia político-ideológica del imperialismo  tenía en realidad, como objetivo principal, socavar a los regímenes socialistas que ya   percibía que estaban  entrando en una crisis profunda.

Lo que pasó a partir de allí merece el tratamiento en otro  artículo.