Los 70. Una interpretación (I)
El debate
sobre lo ocurrido en la Argentina en la década de 1970, con sus antecedentes
provenientes por lo menos desde 1955 en
adelante, ha sido extenso, con
argumentos de lo más diversos, algunos coincidentes y otros contrapuestos.
La idea principal de estas líneas no es la de
abordar un análisis de aquellos años, para lo que sería necesario mucho más que
un simple artículo sino la de llegar con
el debate a importantes sectores de una
juventud que nacida, en su mayoría, en democracia, no entiende o no termina de entender cómo fueron posibles
aquellos hechos los que vistos desde un
presente totalmente diferente, situado en un contexto sociopolítico nacional e
internacional cualitativamente distinto aparecen, a veces, ante sus ojos como extravagantes y a veces irracionales o absurdos.
Por
ello no nos hemos de extender en
detalles y descripciones harto conocidas y tratadas por una bibliografía pocas
veces tan profusa respecto de otras épocas de la historia argentina.
La idea es
tratar de plantear cuales fueron, desde nuestro punto de vista, las coordenadas
generales de ese proceso complejísimo y finalmente trágico de la historia de
nuestro país. Por lo que queda claro que no
aludiremos a hechos que fueron, en aquellos años, trascendentales y de gran impacto político, ni al análisis de
fenómenos histórico políticos importantísimos de la política argentina, limitándonos a
la precisión de, lo que pensamos, son
algunas ideas que deben ser debatidas y entendidas de alguna manera como
explicación de lo sucedido en aquellos años, entendimiento que sirva, a su vez,
para interpretar el presente político del país y del mundo.
En primer
lugar una reflexión para no quedar fuera de contexto. En la arena internacional
hacía relativamente poco que había terminado el más grave y luctuoso conflicto
bélico mundial de toda la historia de la
humanidad, que culminó con sesenta millones de muertos y la desaparición
instantánea de dos ciudades japonesas en las que se arrojaron sendas bombas atómicas.
A ello siguieron los no menos sangrientos conflictos de las guerras de Corea y
de Vietnam con millones de muertos y luchas anticoloniales con miles de muertos
en varios países En la Argentina se habían sucedido los bombardeos a plaza de
mayo con cientos de civiles muertos en 1955 los
fusilamientos de civiles y aun de militares de alto rango en el levantamiento peronista de 1956, la muerte de decenas de personas, entre ellas de conscriptos y civiles, en el enfrentamiento entre las fracciones de azules y colorados, del ejército,
en 1962 y varios muertos en distintas manifestaciones sociales. Es
decir la muerte estaba en el aire del clima político. Más tarde ya en el año 1972 se produce el fusilamiento de 19 militantes políticos que estaban detenidos en
un cuartel de la armada, en la conocida
como “Masacre de Trelew”. En todos estos casos los autores de las muertes
y ejecuciones fueron las Fuerzas Armadas. Politica y muerte estaban asociadas a
posiciones intransigentes en las que iba creciendo la idea de la necesidad de exterminar
físicamente al enemigo político. Eso era
parte de una cultura política que hoy,
en términos generales, no tiene punto de
comparación con aquello.
En los principios de los años 70 y con un proceso
que se venía gestando desde la resistencia peronista a los gobiernos
posteriores a 1955 (con algunas excepciones) y que se profundizó con el triunfo
de la revolución cubana en 1959/60, el clima que se vivía en amplias masas juveniles, algunas ( la mayoría ) autoproclamadas
peronistas (de izquierda) y el resto con visiones marxistas, era el de que la revolución nacional que iba a implantar el socialismo ya fuera
socialismo nacional o socialismo a secas ( aunque no claramente definido en sus detalles
pero con una intencionalidad final de
estatización de los grandes medios de producción y una redistribución radical de la riqueza)
en el país, no solo era posible sino que ya se estaba, en términos históricos,
prácticamente a sus puertas. Así se hablaba de tomar el cielo por asalto.
En este proceso de convicciones férreas tuvo
una importancia crucial la década del 60
en la que se vivieron tanto a
nivel internacional como nacional grandes manifestaciones y movilizaciones en pos de un cambio del sistema
capitalista y en general con visiones
socialistas. En particular en Argentina muchas de esas movilizaciones fueron
protagonizadas por importantes sectores de la clase obrera que tuvieron como su
momento cumbre el Cordobazo de 1969.
Este
porvenir socialista era el convencimiento casi absoluto en un
muy numeroso espectro joven de la población integrado por amplios sectores
de los hijos de la clase media y no pocos jóvenes provenientes de familias
obreras y obreros ellos mismos.
Nuevamente,
el debate entre estos numerosos jóvenes
no era la posibilidad o no del
socialismo en la Argentina, sino
principalmente cuál era la vía o la
estrategia correcta para alcanzarlo. Tal era la mística imperante en ellos
y de allí la entrega a una lucha que
sabían riesgosa pero que valía la pena ya que lo contrario era quedar fuera de
la historia y vivir prácticamente sin sentido.
Hay que decir que la gran oposición a la
dictadura de 1966-72 por parte de la mayoría del pueblo argentino, se basaba, en
algunos casos, en cuestiones ideológicas,
pero tenía mucha importancia, particularmente
para las grandes masas de la población, los pésimos resultados en la gestión económico-social de
los militares con ministros de economía como Krieger Vasena o Álvaro Alsogaray
de corte totalmente conservadores o liberales.
Esta
oposición de grandes masas a la
dictadura imperante a fines de los 60 y principios de los 70 fue, tal vez, lo
que hizo pensar a los sectores juveniles peronistas y no peronistas revolucionarios,
principalmente, pero también a los partidos de izquierda (que imaginaban el
“giro a la izquierda de las masas peronistas”) que esas amplias masas estaban
dispuestas a acompañarlos en algún momento en su camino a la revolución
socialista
Las estrategias
que se planteaban para logar la toma del poder y la instauración del
socialismo en el país eran básicamente dos.
Una
encarnada principalmente por los Montoneros
que querían la “patria socialista”
(pero se autodenominaban peronistas en la creencia de que estando
dentro del movimiento estaban mucho más
cerca, de alguna manera, de una mayoría
obrera del país que era históricamente peronista) y el llamado Ejército
Revolucionario del Pueblo, autodenominado marxista guevarista, que no se identificaba para nada con ningún
perfil peronista pero también compartía
en lo sustancia esta primera
estrategia. Esa estrategia de estas agrupaciones izquierdistas (o de peronismo de izquierda) y otras más
pequeñas era la lucha armada.
A los
partidarios de esta estrategia les parecía absurdo pensar que se pudiera llegar a la meta socialista
mediante la competencia electoral de la
manera que fuese o que las grandes masas pudieran movilizarse por el socialismo
sin una vanguardia armada que las liderase y consideraban en términos generales a las fuerzas armadas como brazo armado
de la oligarquía y del imperialismo, que había que vencer y romper en la
creencia de que el avance en este
sentido haría que la mayoría del pueblo los empezaría a seguirlos y a apoyarlos combativamente. A todo lo demás
lo tildaban, en el mejor de los casos, de reformismo.
La otra
estrategia en pos de la instauración del socialismo fue la del Partido
Comunista, ( partido de poca relevancia electoral en sí mismo pero con una no
desdeñable predica política influyente en varios sectores) que venía sosteniendo, desde hacía un tiempo,
que la forma de llegar al socialismo era,
en principio, o aceptar la contienda electoral, o generar una insurrección de masas (inspirado
precisamente en las grandes
movilizaciones como el Cordobazo), pero todo ello liderado por un gran frente
democrático agrario y antiimperialista “con miras al socialismo”, en el que se
debían integrar los sectores representantes de la burguesía nacional (entonces todavía
realmente existente) particularmente la pequeña y mediana burguesía, es decir
parte de los que apoyaban al Partido
Justicialista, al radicalismo y otros
partidos ya fueran de izquierda o
de centro izquierda menores y los
independientes políticamente y por
supuesto las grandes masas obreras y populares. Un imaginario bastante
ambicioso pero al que se llegaba también a partir del clima político de la
época.
Particularmente
cuando las circunstancias se pusieron más complicadas para las ambiciones socialistas de este partido, se planteó la
tarea de sumar a ese gran frente progresista a un sector de las fuerzas armadas que coincidiera con estos objetivos o al menos con la mantención del sistema
democrático y desde esa base seguir la
lucha por obtener el apoyo masivo a la propuesta socialista.
A los
representantes de esta segunda estrategia les parecía descabellada, e incluso
contraproducente para los objetivos socialistas, cualquier forma de lucha armada ya que ello, creían, no solo no destruiría a unas fuerzas armadas,
evidentemente superiores en el plano militar, sino que haría deslizarse a
todo las institución a amplios sectores políticos hacia la derecha, como finalmente
ocurrió.
Debe decirse
que numéricamente el PC y sus aliados más próximos conformaban un grupo mucho
más escueto comparado con el espectro de Montoneros y todo su entorno de la
juventud peronista de izquierda organizada en las llamadas “Regionales”. Pero
lo cierto es que, con respecto a la instauración del socialismo en la
Argentina, estas dos estrategias eran prácticamente las dos únicas visibles con
claridad más allá de expresiones de otros partidos de izquierda trotskistas y
maoístas muy minoritarios en ese entonces, algunos de los cuales terminaron
apoyando la vía armada.
Lo cierto es
que ambas estrategias con esta intencionalidad
socialista (y comunista) fracasaron.
La guerrilla fue exterminada por los militares, sobre todo a partir del golpe
de 1976, terminando aislada del pueblo y
sin que se logara ningún apoyo masivo a
su accionar. Junto con ello la dictadura arrasó con todo un entorno
político de la militancia revolucionaria
principalmente comisiones internas de fábricas, organizaciones
estudiantiles y sindicatos, con o sin relación con el movimiento
guerrillero. La estrategia comunista y de algunos partidos menores aliados, de fracturar a las fuerzas armadas y atraer un sector hacia su carril
revolucionario, o al menos “democrático burgués”, chocó contra un monolítica
posición de unidad de las fuerzas en la
lucha contra la guerrilla que, más allá
de la existencia o no de sectores democráticos en su interior (que seguramente
existían pero no se expresaron en absoluto), dejó al partido, empecinado en
logar esa fracción, en un diálogo de
sordos con un sector de militares integrantes de la dictadura militar, cuando estos estaban también involucrados en la represión feroz a la guerrilla y a todo el
movimiento popular. Este error garrafal,
a pesar incluso de que más de
cien victimas de esa represión eran del propio Partido Comunista, les valió, posteriormente, el mote (exagerado y muchas
veces malintencionado) de colaboracionistas. Es posible que aun sabiendo de la
masacre que se estaba llevando a cabo
insistieran en la estrategia, entre otras cosas, para detenerla, aunque
esto nunca quedo claro, pero lo cierto es que su posición, especialmente a
partir de mediados de 1976, resultó, al menos, trágicamente ingenua e imperdonable en un
partido que se jactaba de tener los mejores análisis políticos desde su
posición marxista leninista y un importante frente de inteligencia e
información particularmente dentro de las mismas Fuerzas Armadas.
Porqué motivo
fracasaron ambas estrategias, en lugar
de triunfar alguna de ellas o confluir ambas en algún momento. Desde nuestro
punto vista ello estuvo vinculado principalmente al contexto
internacional, porque más allá de los
acontecimientos que se sucedían en el país ninguna de estas fuerzas pro
socialistas advirtió (tal vez sea mucho
pedir que lo hayan hecho en aquel
momento) que la situación internacional estaba cambiando radicalmente y no
precisamente a favor de la tendencia al socialismo mundial o al fortalecimiento
de los países socialistas ya existentes, ni al triunfo socialista de los
movimientos de liberación nacional. Por el contrario lo que empezaba a darse
eran procesos más o menos lentos de desgaste, parálisis y aislamiento de todas estas experiencias que condujeron finalmente a lo que condujeron
a finales de la década del 1980.
La derrota
de las esperanzas socialistas fue de tal magnitud en todo el mundo, incluida Latinoamérica y
particularmente la Argentina, que el nuevo capitalismo emergente capitaneado por los Estados Unidos se dio “el
lujo” de ponerse en contra y presionar para remover las propias dictaduras militares que había ayudado
a imponer en el continente y reemplazarlas
por regímenes electorales, en la
seguridad de que cualquiera que fuera el resultado de las elecciones de ninguna
manera serían triunfos de las izquierdas . Pero además se dio también “el lujo”
de impulsar una estrategia política internacional de defensa de los derechos
humanos en contra de los actores de las
dictaduras latinoamericanas que, como se dijo, ellos mismos habían alentado
incluso en la represión.
Hay que
decir que esta hipócrita estrategia político-ideológica
del imperialismo tenía en realidad, como
objetivo principal, socavar a los regímenes socialistas que ya percibía
que estaban entrando en una crisis
profunda.
Lo que pasó
a partir de allí merece el tratamiento en otro artículo.
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