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viernes, 31 de julio de 2026

A propósito del libro de Axel kichilof Volver a Keynes

 


Para un lego en cuestiones económicas el esfuerzo de leer un libro de economía no fue poco. Sólo lo permitió la claridad expositiva y ausencia de rodeos del autor, cuya autoridad en la materia está fuera de discusión.


Creo haber comprendido qué es el keynesianismo y pido disculpas si mi entendimiento del asunto, precisamente por las cuestiones antedichas, es impreciso o aún equivocado.


Lo importante para mí, en términos de un enfoque marxista y materialista histórico, asuntos en los que creo que sí soy un entendido, o al menos un conocedor acerca de que se trata la cosa, hay una cantidad de cuestiones que son dignas de resaltar.


En primer lugar, queda claro en el trabajo de Axel Kicillof que hasta fines del siglo XIX lo que imperó fue el individualismo analítico. Lo teórico de la ley de Jean Baptiste Say, del ricardismo y de las teorías clásicas tenía su base material en el hecho de que la mayoría de los capitalistas eran dueños absolutos de sus propias empresas, competían entre ellos y tenían como visión de futuro un desarrollo imparable del capitalismo en esos términos que llevaría, entre otras cosas, al pleno empleo. A ello había que agregarle la insensibilidad de la burguesía industrial naciente respecto de lo que Marx llamó «el ejército de reserva», es decir, la inmensa masa de trabajadores desempleados, viviendo en condiciones miserables, a la espera de ser contratados por sueldos también miserables, lo que contradecía dramáticamente aquella afirmación de la teoría clásica. En ese entonces las leyes de la oferta y la demanda a secas, si no reflejaban realmente la situación existente, tenían (siendo condescendientes con ellas) al menos visos de poder ser las explicaciones del futuro del capitalismo que los propios capitalistas imaginaban.


Esto, como no podía ser de otra manera, no fue así, y lo más demostrativo de ello fue la crisis del 29. Kicillof expresa con cierto fundamento que Keynes ya sabía para ese entonces que la situación económica había cambiado históricamente en forma sustancial.


Lo cierto es que, en términos reales, aquella empresa individual o familiar, en «libre» competencia con otras, había sido sustituida por gigantescos monopolios con gran influencia sobre los estados nacionales, y en los que ya se  podía diferenciar a los directores (como verdaderos dueños) de los inversores y accionistas.


Esto en realidad, y como no lo deja de mencionar nuestro autor, había sido ya previsto por el propio Lenin en 1917, en «El Imperialismo etapa superior del capitalismo»; sólo debe decirse que Lenin se refirió también a descripciones de la realidad mundial que Keynes jamás tuvo en cuenta. El libro de Lenin no era de teoría económica, pero coincidía en aspectos fundamentales con los de economistas como Hobson y Hilferding.


Aquí lo que creemos un gran acierto de Keynes, tal como está descripto en el libro de Kicillof, es el de haber comprendido el cambio cualitativo de una etapa histórica a otra, o, si se quiere en términos marxistas, el cambio en el modo de acumulación del capital.


La descripción de todo ello está minuciosamente tratada y constituye el corazón del trabajo de Kicillof, pero no podemos entrar en detalles al respecto (macro y microeconomía, empleo, demanda y oferta agregadas, inversión, ahorro, tasa de interés, etc.) por dos motivos: la escasez de espacio de este artículo y de conocimientos de quien lo escribe. Pero obviamente tiene el rigor y la prolijidad de una tesis de doctorado que es lo que el propio autor reconoce como la base de su obra.


La cuestión que nos ha llevado fundamentalmente a escribir estas líneas no es el contenido de la obra que comentamos, sino su título. Y esto tiene que ver, precisamente, con las mismas razones históricas que da Axel como explicación del surgimiento «necesario» del pensamiento de Keynes y, agregaríamos nosotros, del o de los keynesianismos efectivamente aplicados.


Ello está íntimamente relacionado, ahora sí, con nuestra particular concepción del materialismo histórico que nos lleva a entender que las etapas del capitalismo son no dos (Lenin dixit) sino tres. Del mismo modo que la primera transformación —paradigmáticamente mercantil— se distinguió de la segunda —fundamentalmente industrial— con una radicalidad tal que tuvo en Keynes a uno de sus protagonistas y relatores, en las décadas de 1980 y 1990 del siglo XX se produjo un nuevo movimiento tectónico en la economía capitalista, de una magnitud comparable al experimentado entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Este cambio de etapa consiste en el tránsito del capitalismo industrial desarrollista al capitalismo neoliberal financiero, frente al que las ideas del propio Keynes, así como fueron una novedad a principio de siglo, por explicar lo que las teorías clásicas no podían dar cuenta en ese momento de lo que estaba pasando, hoy no pueden explicar los fenómenos de este nuevo cambio de etapa (la tercera y última del capitalismo). Es decir, hoy no se puede volver a Keynes.


El siglo XX se manifestó, desde el punto de vista del capital, como el siglo del desarrollo de impresionantes empresas monopólicas de capital productivo que se enfrentaban en la lucha de clases con los obreros organizados en grandes sindicatos en los países industrializados, y con movimientos de liberación en los países dependientes (a cuyas realidades económicas no se refirió en absoluto Keynes o, al menos, no menciona el libro de Axel que lo haya hecho).


Pero hoy esto no es ya así, el modo de acumulación y regulación (relaciones productivas) paradigmático del capitalismo hoy es financiero y para la explicación de ello Keynes es el que es insuficiente ahora.


Si consideramos al capitalismo mercantilista inicial (durante el que nacen las teorías económicas clásicas) y al imperialista productivo, para la explicación del cual Keynes considera insuficientes a las teorías clásicas, como los dos momentos primeros de una triada dialéctica, es decir afirmación y negación dialéctica, este tercer momento debería implicar una síntesis de las dos anteriores que llevaría a otro nivel del espiral dialéctica. Es decir, a un momento histórico económico superior y superador de los dos anteriores.


Habría que avanzar sobre los análisis de las condiciones histórico-materiales del momento actual, pero Kicillof no lo hace. No se lo puede culpar por ello en cuanto advierte desde el inicio de su trabajo que se va a limitar a describir la teoría general de Keynes y su crítica a las teorías clásicas y marginalistas. Pero el título (que por otro lado impacta económica y políticamente) lo condena. No se puede tratar de volver a una teoría que, aunque explicó con cierta racionalidad un momento histórico ya superado, hoy no puede explicar el presente de un mundo en el que la globalización financiera neoliberal se enfrenta, en lo que podría considerarse un marco de lucha de clases a nivel internacional, con un nuevo mundo creciente e imparable que implica otro modelo de organización y existencia de la humanidad antagónico respecto del primero. Es imperioso abordar este tema, pero Kicillof tampoco lo hace, y ahora sí sería muy importante que lo hiciera, sobre todo para todos los que creen o podrían llegar a creer en él.

domingo, 7 de junio de 2026

Los 70. Una interpretación (I)

 

Los 70. Una interpretación (I)

 

El debate sobre lo ocurrido en la Argentina en la década de 1970, con sus antecedentes provenientes por lo menos desde 1955  en adelante,  ha sido extenso, con argumentos   de lo más diversos,  algunos coincidentes  y otros contrapuestos.

 La idea principal de estas líneas no es la de abordar un análisis de aquellos años, para lo que sería necesario mucho más que un  simple artículo sino la de llegar con el debate a importantes sectores de  una juventud que nacida, en su mayoría, en democracia, no entiende o no  termina de entender cómo fueron posibles aquellos hechos  los que vistos desde un presente totalmente diferente, situado en un contexto sociopolítico nacional e internacional cualitativamente distinto aparecen,  a veces, ante sus ojos como extravagantes  y a veces irracionales o absurdos.

 Por  ello no nos hemos de extender  en detalles y descripciones harto conocidas y tratadas por una bibliografía pocas veces tan profusa respecto de otras épocas de la historia argentina.

La idea es tratar de plantear cuales fueron, desde nuestro punto de vista, las coordenadas generales de ese proceso complejísimo y finalmente trágico de la historia de nuestro país. Por lo que queda claro que no aludiremos a  hechos  que fueron, en aquellos años, trascendentales  y de gran impacto político, ni al análisis de fenómenos histórico políticos importantísimos  de la política argentina, limitándonos a la precisión de, lo que pensamos,  son algunas ideas que deben ser debatidas y entendidas de alguna manera como explicación de lo sucedido en aquellos años, entendimiento que sirva, a su vez, para interpretar el presente político del país y del mundo.

En primer lugar una reflexión para no quedar fuera de contexto. En la arena internacional hacía relativamente poco que había terminado el más grave y luctuoso conflicto bélico mundial  de toda la historia de la humanidad, que culminó con sesenta millones de muertos y la desaparición instantánea de dos ciudades japonesas en las que se arrojaron sendas bombas atómicas. A ello siguieron los no menos sangrientos conflictos de las guerras de Corea y de Vietnam con millones de muertos y luchas anticoloniales con miles de muertos en varios países En la Argentina se habían sucedido los bombardeos a plaza de mayo con cientos de civiles muertos en 1955 los  fusilamientos de civiles y aun de militares de alto rango   en el levantamiento peronista de  1956,  la muerte de decenas de personas,  entre ellas de conscriptos y civiles,  en el enfrentamiento entre  las fracciones de azules y colorados, del ejército,  en 1962 y varios muertos  en distintas manifestaciones sociales. Es decir la muerte estaba en el aire del clima político. Más tarde ya en  el año 1972 se produce el fusilamiento  de 19  militantes políticos que estaban detenidos en un cuartel de la armada,  en la conocida como  “Masacre de Trelew”.  En todos estos casos los autores de las muertes y ejecuciones fueron las Fuerzas Armadas. Politica y muerte estaban asociadas a posiciones intransigentes en las que iba creciendo  la idea de la necesidad de exterminar físicamente al  enemigo político. Eso era parte de una cultura política  que hoy, en términos generales,  no tiene punto de comparación con aquello.

 En los principios de los años 70 y con un proceso que se venía gestando desde la resistencia peronista a los gobiernos posteriores a 1955 (con algunas excepciones) y que se profundizó con el triunfo de la revolución cubana  en 1959/60,  el clima que se vivía  en amplias masas juveniles,  algunas ( la mayoría ) autoproclamadas peronistas (de izquierda) y el resto con visiones marxistas,  era el de que la revolución nacional que iba a implantar el socialismo ya fuera socialismo nacional o socialismo a secas  ( aunque no claramente definido en sus detalles pero con  una intencionalidad final de estatización de los grandes medios de producción  y una redistribución radical de la riqueza) en el país, no solo era posible sino que ya se estaba, en términos históricos, prácticamente a sus puertas. Así se hablaba de tomar el cielo por asalto.

 En este proceso de convicciones férreas tuvo una importancia crucial la década del 60  en la que se vivieron  tanto a nivel internacional como nacional grandes manifestaciones  y movilizaciones en pos de un cambio del sistema capitalista  y en general con visiones socialistas. En particular en Argentina muchas de esas movilizaciones fueron protagonizadas por importantes sectores de la clase obrera que tuvieron como su momento cumbre el Cordobazo de 1969.

Este porvenir socialista era el convencimiento casi absoluto   en un  muy numeroso espectro  joven  de la población integrado por amplios sectores de los hijos de la clase media y no pocos jóvenes provenientes de familias obreras y obreros ellos mismos.

Nuevamente, el debate entre estos numerosos jóvenes  no era la posibilidad o no  del socialismo en la Argentina, sino principalmente cuál era la vía  o la estrategia correcta para alcanzarlo. Tal era la mística imperante en ellos y  de allí la entrega a una lucha que sabían riesgosa pero que valía la pena ya que lo contrario era quedar fuera de la historia  y vivir prácticamente  sin sentido.

  Hay que decir que la gran oposición a la dictadura de 1966-72 por parte de la mayoría del pueblo argentino, se basaba, en algunos casos,  en cuestiones ideológicas,  pero tenía mucha importancia, particularmente para las grandes masas de la población, los pésimos  resultados en la gestión económico-social de los militares con ministros de economía como Krieger Vasena o Álvaro Alsogaray de corte totalmente conservadores o liberales.

Esta oposición de grandes masas  a la dictadura imperante a fines de los 60 y principios de los 70 fue, tal vez, lo que hizo pensar a los sectores juveniles peronistas y no peronistas revolucionarios, principalmente, pero también a los partidos de izquierda (que imaginaban el “giro a la izquierda de las masas peronistas”) que esas amplias masas estaban dispuestas a acompañarlos en algún momento en su camino a la revolución socialista

Las estrategias que se planteaban para logar la toma del poder y la instauración del socialismo  en el país eran básicamente dos.

Una encarnada principalmente por los Montoneros  que querían la “patria socialista”  (pero  se autodenominaban  peronistas en la creencia de que estando dentro del movimiento  estaban mucho más cerca,  de alguna manera, de una mayoría obrera del país que era históricamente peronista) y el llamado Ejército Revolucionario del Pueblo,  autodenominado  marxista guevarista,  que no se identificaba para nada con ningún perfil peronista pero también compartía  en lo sustancia esta primera  estrategia. Esa estrategia de estas agrupaciones izquierdistas  (o de peronismo de izquierda) y otras más pequeñas era la lucha armada.

A los partidarios de esta estrategia les parecía absurdo pensar que  se pudiera llegar a la meta socialista mediante la competencia electoral  de la manera que fuese o que las grandes masas pudieran movilizarse por el socialismo sin una vanguardia armada que las liderase y consideraban en términos  generales a las fuerzas armadas como brazo armado de la oligarquía y del imperialismo, que había que vencer y romper   en la creencia de que  el avance en este sentido haría que la mayoría del pueblo los empezaría a seguirlos  y a apoyarlos combativamente. A todo lo demás lo tildaban, en el mejor de los casos, de reformismo.

La otra estrategia en pos de la instauración del socialismo fue la del Partido Comunista, ( partido de poca relevancia electoral en sí mismo pero con una no desdeñable predica política influyente en varios sectores)  que venía sosteniendo, desde hacía un tiempo, que la forma de llegar al socialismo era,  en principio, o aceptar la contienda electoral,  o generar una insurrección de masas (inspirado precisamente  en las grandes movilizaciones como el Cordobazo), pero todo ello liderado por un gran frente democrático agrario y antiimperialista “con miras al socialismo”, en el que se debían integrar los sectores representantes de la burguesía nacional (entonces todavía realmente existente) particularmente la pequeña y mediana burguesía, es decir parte de los que apoyaban al  Partido Justicialista, al radicalismo  y otros partidos ya fueran  de izquierda o de  centro izquierda menores y los independientes políticamente  y por supuesto las grandes masas obreras y populares. Un imaginario bastante ambicioso pero al que se llegaba también a partir del clima político de la época.

Particularmente cuando las circunstancias se pusieron más complicadas para las ambiciones  socialistas de este partido, se planteó la tarea de sumar a ese gran frente progresista  a un sector de las fuerzas armadas  que  coincidiera con estos objetivos  o al menos con la mantención del sistema democrático  y desde esa base seguir la lucha por obtener el apoyo masivo a la propuesta socialista.

A los representantes de esta segunda estrategia les parecía descabellada, e incluso contraproducente para los objetivos socialistas,  cualquier forma de lucha armada ya   que ello, creían,  no solo no destruiría a unas fuerzas armadas, evidentemente superiores en el plano militar, sino que haría deslizarse a todo  las institución a amplios  sectores políticos hacia la derecha, como finalmente ocurrió.

Debe decirse que numéricamente el PC y sus aliados más próximos conformaban un grupo mucho más escueto comparado con el espectro de Montoneros y todo su entorno de la juventud peronista de izquierda organizada en las llamadas “Regionales”. Pero lo cierto es que, con respecto a la instauración del socialismo en la Argentina, estas dos estrategias eran prácticamente las dos únicas visibles con claridad más allá de expresiones de otros partidos de izquierda trotskistas y maoístas muy minoritarios en ese entonces, algunos de los cuales terminaron apoyando la vía armada.

Lo cierto es que ambas estrategias con esta intencionalidad  socialista (y comunista) fracasaron. La guerrilla fue exterminada por los militares, sobre todo a partir del golpe de 1976,  terminando aislada del pueblo y sin que se logara ningún apoyo masivo a  su accionar. Junto con ello la dictadura arrasó con todo un entorno político de la militancia revolucionaria  principalmente comisiones internas de fábricas, organizaciones estudiantiles y  sindicatos,  con o sin relación con el movimiento guerrillero. La estrategia comunista y de algunos partidos menores aliados,  de fracturar a las fuerzas armadas  y atraer un sector hacia su carril revolucionario, o al menos “democrático burgués”, chocó contra un monolítica posición de unidad de las fuerzas  en la lucha contra la guerrilla  que, más allá de la existencia o no de sectores democráticos en su interior (que seguramente existían pero no se expresaron en absoluto), dejó al partido, empecinado en logar esa fracción,  en un diálogo de sordos con un sector de militares integrantes de  la dictadura militar, cuando estos   estaban también involucrados en la  represión feroz a la guerrilla y a todo el movimiento popular. Este error garrafal,  a pesar incluso de que más  de cien victimas de esa represión eran del propio Partido Comunista, les  valió,  posteriormente, el mote (exagerado y muchas veces malintencionado) de colaboracionistas. Es posible que aun sabiendo de la masacre que se estaba llevando a cabo  insistieran en la estrategia, entre otras cosas, para detenerla, aunque esto nunca quedo claro, pero lo cierto es que su posición, especialmente a partir de mediados de 1976, resultó, al menos,  trágicamente ingenua e imperdonable en un partido que se jactaba de tener los mejores análisis políticos desde su posición marxista leninista y un importante frente de inteligencia e información particularmente dentro de las mismas Fuerzas Armadas.

Porqué motivo fracasaron ambas estrategias,  en lugar de triunfar alguna de ellas o confluir ambas en algún momento. Desde nuestro punto vista  ello estuvo  vinculado principalmente al contexto internacional,  porque más allá de los acontecimientos que se sucedían en el país ninguna de estas fuerzas pro socialistas advirtió (tal vez sea  mucho pedir  que lo hayan hecho en aquel momento) que la situación internacional estaba cambiando radicalmente y no precisamente a favor de la tendencia al socialismo mundial o al fortalecimiento de los países socialistas ya existentes, ni al triunfo socialista de los movimientos de liberación nacional. Por el contrario lo que empezaba a darse eran procesos más o menos lentos de desgaste, parálisis  y aislamiento de todas estas experiencias  que condujeron finalmente a lo que condujeron a finales de la década del 1980.

La derrota de las esperanzas socialistas fue de tal magnitud  en todo el mundo, incluida Latinoamérica   y particularmente la Argentina, que el nuevo capitalismo emergente  capitaneado por los Estados Unidos se dio “el lujo” de ponerse en contra y presionar para remover  las propias dictaduras militares que había ayudado a imponer en el continente  y reemplazarlas por regímenes electorales,  en la seguridad de que cualquiera que fuera el resultado de las elecciones de ninguna manera serían triunfos de las izquierdas . Pero además se dio también “el lujo” de impulsar una estrategia política internacional de defensa de los derechos humanos  en contra de los actores de las dictaduras latinoamericanas que, como se dijo, ellos mismos habían alentado incluso en la represión.

Hay que decir que esta  hipócrita estrategia político-ideológica del imperialismo  tenía en realidad, como objetivo principal, socavar a los regímenes socialistas que ya   percibía que estaban  entrando en una crisis profunda.

Lo que pasó a partir de allí merece el tratamiento en otro  artículo.

martes, 24 de febrero de 2026

El fin de la prehistoria

 El fin de la prehistoria


Las Naciones Unidas advierten que es casi inevitable que se supere el umbral de +1,5 °C entre 2026 y 2035, lo que marcaría la transición hacia una nueva fase climática global. 

Ese es el  límite fijado en el Acuerdo de París (2015), que busca evitar que el aumento de la temperatura media global supere los 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales. Entre 2026 y 2035, según los modelos climáticos de la ONU, es muy probable que se alcance o se sobrepase ese límite. Hablamos de una transición hacia una nueva fase climática global porque ello implica que, una vez superado ese umbral, el planeta entrará en un escenario distinto, con cambios más intensos y duraderos en el clima: olas de calor más frecuentes, fenómenos extremos más severos, alteraciones en ecosistemas y riesgos mayores para la seguridad alimentaria y la salud. 

Los últimos años han sido los más cálidos jamás registrados, confirmando que el calentamiento global ya no es una hipótesis, sino un hecho estructural. El Ártico podría quedar sin hielo durante el verano antes de mediados de siglo, con enormes consecuencias ecológicas y geopolíticas. Todo ello indica un cambio de época geológica. Muchos científicos hablan ya de la transición al “Antropoceno”, término introducido por Paul Crutzen y Eugene Stoermer para designar una era en la que la actividad humana se ha convertido en una fuerza geológica determinante.

Los océanos atraviesan una crisis profunda. La acumulación de microplásticos y carbono compromete su equilibrio. Los microplásticos reducen la capacidad de los océanos para absorber CO₂ (dióxido de carbono, un compuesto químico formado por un átomo de carbono y dos átomos de oxígeno), debilitando uno de los principales mecanismos naturales de regulación climática. Al mismo tiempo, el calentamiento global aumenta la movilidad y persistencia de estos contaminantes, ampliando su impacto ecológico.

Se registra, además, una pérdida acelerada de especies, la destrucción de ecosistemas y una deforestación masiva que altera el clima, los equilibrios biológicos y la salud humana. Las cadenas biológicas se transforman: especies como los mosquitos se adaptan a los entornos degradados, modificando patrones epidemiológicos. Estos procesos afectan directamente la agricultura, la disponibilidad de agua y la estabilidad climática global.

La crisis del plástico constituye una expresión particularmente clara de esta transformación. No se trata de un fenómeno aislado, sino de un resultado estructural del modo de producción industrial inaugurado por la modernidad (capitalismo). La producción masiva de plástico genera emisiones, contaminación persistente y efectos sanitarios acumulativos. Su presencia en océanos, suelos y organismos vivos revela el carácter sistémico de esta crisis.

Esta dicotomía perversa entre el ser humano y la naturaleza, que los científicos vienen denunciando desde hace ya décadas, fue intuida filosóficamente ya en el S XIX por dos de los más grandes pensadores de la modernidad: Hegel y Marx, quienes concibieron la relación entre el ser humano y la naturaleza no como algo externo, sino como un momento constitutivo del espíritu y de la historia.

Para Hegel, la naturaleza es la exteriorización de la Idea. En la Enciclopedia de las ciencias filosóficas  escribe: “La naturaleza es la Idea en la forma de la exterioridad.” Esto significa que la naturaleza no es algo separado del espíritu, sino su forma exteriorizada. El espíritu se exterioriza en la naturaleza, emerge en el ser humano y retorna a sí mismo mediante la conciencia. La naturaleza es, por tanto, un momento necesario pero incompleto de este proceso. La superación  no implica destrucción, sino conservación y elevación. 

Desde esta perspectiva, la destrucción de la naturaleza constituye también una destrucción del propio espíritu, porque el espíritu sólo existe encarnado en ella. La crisis ecológica aparece así como una forma de alienación: el espíritu se vuelve contra su propia exteriorización. 

La modernidad introduce una ruptura decisiva. La razón se transforma en razón instrumental.  La naturaleza deja de ser comprendida como momento constitutivo del espíritu y pasa a ser tratada como objeto puramente utilitario. La crisis ecológica expresa esta contradicción ontológica: el desarrollo de la racionalidad técnica conduce a la destrucción de las condiciones naturales de su propia existencia.

Marx retoma este problema y lo sitúa en el terreno de la historia material concreta. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, afirma: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre.” Esto significa que el ser humano no existe fuera de la naturaleza, sino en continuidad con ella. Su relación es metabólica. Marx utiliza el concepto de metabolismo para describir el intercambio material entre el ser humano y la naturaleza mediado por el trabajo.

En El Capital, Marx escribe: “El trabajo es, ante todo, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza.” Y también: “La producción capitalista perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra.”

El capitalismo introduce así una fractura metabólica. La naturaleza deja de ser el cuerpo inorgánico del ser humano y se convierte en objeto de explotación abstracta. La lógica del valor se autonomiza y se transforma en un fin en sí mismo. El capital no tiene un límite interno natural: su única finalidad es la acumulación indefinida. Esta dinámica entra en contradicción con la finitud material de la naturaleza.

En términos hegelianos, puede decirse que el capital constituye una forma unilateral del espíritu objetivo, separada de su fundamento natural. En términos marxistas, se trata de la contradicción entre las fuerzas productivas y las condiciones naturales de producción.

Desde una perspectiva dialéctica, la crisis ecológica no es un accidente, sino el resultado necesario de un desarrollo histórico determinado. Sin embargo, ese mismo desarrollo genera las condiciones de su propia superación.


Las consecuencias políticas de este proceso son profundas. Si se toma en serio todo lo anteriormente expuesto, las luchas contemporáneas de los pueblos no se pueden limitar únicamente una lucha contra la explotación y la desigualdad, y contra las guerras y los genocidios, sino también una lucha por la preservación de las condiciones materiales de la vida humana en el planeta. 

Durante gran parte del siglo XX, el movimiento emancipatorio debía adquirir conciencia de la explotación para superar el capitalismo. Hoy, la conciencia necesaria es más amplia. Implica reconocer que la humanidad en su conjunto constituye el sujeto de esta contradicción histórica. La emancipación exige no sólo la satisfacción universal de las necesidades básicas, sino también la reorganización consciente del metabolismo entre la humanidad y la naturaleza.

Esto impone necesariamente una transformación de los modos de producción, de consumo  y de organización social, orientada a restablecer un equilibrio metabólico racional entre la humanidad y el planeta.

Esta lucha no es distinta de la lucha histórica por la emancipación humana, pero sus aspectos racionales deben profundizarse. Ya no se trata únicamente de liberar al ser humano de la explotación social, sino también de reconciliar su existencia histórica con las condiciones naturales que la hacen posible y ambas cuestiones no son contradictorias sino profundamente complementarias.

Aquí la cuestión central es si la humanidad movilizada puede lograr que los detentadores del poder mundial se sienten finalmente a diseñar una gobernanza global que avance en estos sentidos fundándose en los consensos científicos más avanzados, caiga quien caiga y se afecten los intereses de quienes se afecten.

Justo es decir que algunos de los dirigentes de las potencias mundiales actuales tienen esto bastante más claro que otros, pero el problema no tiene solución en la medida en que no sean todos “arrastrados” a esa mesa por las fuerzas de los pueblos del mundo.

Aunque el desafío parezca ser grande, las nuevas generaciones parecen mostrar una creciente sensibilidad hacia esta realidad. Esta conciencia emergente puede constituir el fundamento de una transformación histórica que restablezca, en un nivel superior, la unidad entre humanidad y naturaleza sin abandonar la lucha por la igualdad y la libertad de los seres humanos.

Walter Pengue señala con claridad en “Los desafíos de la economía verde” que: “… los llamados países desarrollados alcanzan índices adecuados de desarrollo humano (…) pero superan ampliamente a la huella ecológica. Muchos otros países del globo tienen ciertamente una huella ecológica baja, por debajo de su biocapacidad per cápita, pero tienen índices de desarrollo humano con muchas metas mínimas del milenio incumplidas (…)”.

Está claro que la principal responsabilidad la tienen los países más desarrollados, pero ¿significa ello que los únicos movimientos populares que tiene que reivindicar una reconversión energética son los de los países desarrollados? Desde ya que no, porque el desastre ambiental es una amenaza para todos y es el mismo sistema de opresión económica y financiera que somete a los países subdesarrollados, y les impide salir de esa situación de subdesarrollo, el que evade la normativa ecológica internacional y boicotea sistemáticamente las posibilidades de progreso en este sentido.

El enemigo es el mismo, el gran capital parasitario financiero internacional y las ambiciones de riqueza desmedida de sectores minoritarios de la población mundial.

Por ello, aunque en países como el nuestro haya urgencias inapelables que empujan a una resistencia política y social inmediata permanente, el tema ecológico debe incorporarse de modo más firme en la agenda de las dirigencias progresistas  y populares sin temor a que ello reste fuerza a esos reclamos y resistencia sino encontrando las formas de articularlos, lo que podría dar lugar a una sinergia que fortalezca a ambos.

Sin ir más lejos la postergación de la obra pública en rubros como el desarrollo del sistema eléctrico (represas, usinas atómicas) o ferrocarriles (que generaría miles de puestos de trabajo), para concentrar la economía únicamente en la extracción de combustibles fósiles, no solo va en contra de la agenda ecológica mundial, sino que conspira evidentemente contra la satisfacción de muchas de aquellas necesidades urgentes por las que hoy lucha el movimiento popular en la Argentina. En el plano de la industria privada subsidios para la reconversión energética harían mucho más competitivas sobre todo a las pequeñas y medianas y contribuiría a mejorar la situación de crisis del sector. Nada de esto está en la agenda gubernamental que además en lugar de profundizar la relación con la República Popular China, socio imprescindible para todo ello, se ata servilmente a los intereses de los EEUU cuyo objetivo es desplazar a China de Latinoamérica lo que es parte de una estrategia geopolítica de Trump  que nada tiene que ver con los intereses reales de la región

No es casualidad que en el mismo momento que el planeta exhibe cifras de pobreza y pobreza extrema nunca antes vistas se profundice a la vez, el riesgo de graves catástrofes ecológicas que amenazan la extinción de la especie. Y que todo esto se de en el marco de una profunda crisis del sistema económico, político y social mundial, al menos en lo que se ha dado en llamar “Occidente” que es, por otra parte, el sistema que en términos generales más contamina en términos per cápita (como se debe medir realmente la contaminación). Aunque ocultado por los grandes medios de comunicación mundial(es) China, con su enorme desarrollo industrial que le permitió sacar a ochocientos millones de habitantes de la pobreza, está por debajo de Corea del Sur, Japón, Países Bajos, Alemania, Irlanda, Taiwán, Finlandia y Bélgica y muy por debajo de los EEUU y Canadá y es por lejos el mayor productor de medios de energía alternativos.

¿No estaría la profunda  crisis ecológica y social que vivimos, y los desafíos urgentes que plantea, marcando  así el fin de la “prehistoria humana” (Marx dixit) y el inicio del momento en que la humanidad se vea obligada a asumir racional y conscientemente las condiciones naturales de su propia existencia?

Mariano Ciafardini


sábado, 31 de enero de 2026

Una interpretación hegeliana de la realidad actual.

 

Una interpretación hegeliana de la realidad actual.

Aplicar las categorías hegelianas a la realidad del presente implica necesariamente reformularlas al menos  en parte,  ya que para Hegel el Espíritu Absoluto culminaba (y con él la historia humana)  en los momentos en que el escribía, es decir en los comienzos del S XIX, cuando,  en Jena, en 1806, al ver pasar a Napoleón, le  escribió a Niethammer que había visto pasar “al espíritu del mundo a caballo” (die Weltseele zu Pferde).

Desde la perspectiva actual y con toda la visión privilegiada que tenemos de la antropología y de la historia,  se podría afirmar que la historia humana está en un punto de inflexión tan trascendente que resume no diez, ni cuarenta, ni siquiera mil, sino cerca de ¿100.00 años? de existencia de la humanidad, realizando una especulación temporal sobre  el  inicio de las guerras tribales (guerra de todos contra todos)  muy anteriores, según nuestro punto de vista,  a la aparición de la agricultura en el neolítico  y los grandes imperios de la antigüedad a los que se refiere Childe. es decir desde el comienzo de la violencia entre los seres humanos con el advenimiento de la  guerra, la  sociedad de clases y la dominación y explotación del “hombre por el hombre” (Marx dixit). Si esto se entiende así, la “realización del espíritu” como la más alta forma de realización de la historia para un hegeliano consecuente, estaría por darse actualmente después de  un largo proceso  que terminaría  con el fin de la modernidad  capitalista  y el   comienzo de una nueva era. Teniendo ello en cuenta  los análisis sobre la coyuntura política mundial actual (y sus impactos hacia el interior de cada país)  deberían hacerse con mucho cuidado  porque al hablar sobre los  complejos y contradictorios hechos que se suceden hoy sin solución de continuidad en el plano internacional y en los contextos nacionales solo estaríamos hablando de síntomas de un cambio gigantesco de la historia humana. Es decir que  en este sentido dialéctico cualquiera que intente sacar conclusiones inmediatas o que se aferre a viejos esquemas de análisis, particularmente a los del siglo XX, está expuesto a cometer graves errores.

Evocan también a Hegel los términos de Fidel Castros sobre la “crisis civilizatoria”, que estaríamos viviendo  y   que implicaría  un cambio de toda la civilización y no solo de una forma hegemónica por otra, y ni siquiera de  la finalización de un “unipolarismo” y su reemplazo por un “multipolarismo”. Todo estaría yendo  mucho más allá de ello. Insistimos, no hay que olvidar que fue el propio Marx el que predijo que después del capitalismo, como ultima forma de “explotación del hombre por el hombre” (y con ello se está refiriendo a un proceso de miles de años), no iba a surgir otra forma nueva de dominación  sino  una sociedad sin clases, y eso, si uno se detiene a pensar, es un cambio no solo político y económico, sino un cambio en la forma de existencia de la humanidad. ¿No es el tembladeral de hechos contradictorios confusos y muchas veces descabellados a los que estamos asistiendo actualmente un anuncio de los prolegómenos de ese cambio trascendental? Hegel diría que el espíritu, que se había extraviado con el comienzo y durante toda la era de la violencia y la dominación de unos  seres humanos por otros (la dialéctica del amo y del esclavo), comienza a reencontrarse a sí mismo con la realización de la Razón, iniciada (en forma abstracta) con el iluminismo y la Revolución Francesa y llevada a su última instancia (diríamos nosotros) con el advenimiento del marxismo y la realización de la racionalidad comunista.

Es cierto, hablando de la coyuntura actual  que están ocurriendo hechos nunca antes vistos en el ámbito geopolítico. La otrora “Alianza Atlántica”  entre EEUU y Europa Occidental, que viene incluso desde antes de la formación de la OTAN,  está en una crisis estructural  y que la desaparición del dominio unipolar  del mundo por dicha alianza  es ya un hecho. Todos lo dicen.  Es simplemente describir una evidencia.

Pero incluso esto  es, para nosotros, no más que  un síntoma  de este cambio tremendo que sintetiza un devenir humano milenario.

El eje chino-ruso aparece como una novedad en torno a la cual se van  articulando alianzas como la OCS, los BRICS+ y la Franja y la Ruta (proceso que  obviamente  no está exento de marchas y contramarchas) y le hace contrapeso a un “occidente” en crisis.

El panorama mundial ya no es el de una bipolaridad como la del siglo XX en el que la URSS mantenía un precario equilibrio basado en el poderío nuclear frente a un capitalismo todavía pujante, que cada vez le sacaba más ventajas  en términos de desarrollo sobre todo tecnológico y científico, principalmente a partir de la década de 1960, lo que terminó siendo una de las causas fundamentales de la caída del país socialista.

Hoy los bloques, a pesar de la crisis de occidente, están, podría decirse, empatados. Trump y sus políticas agresivas contra Venezuela e Irán y su descabellado intento de hacerse con Groenlandia (¿ y Canadá?), no es la causa de esta crisis, ni del desbarajuste de la geopolítica mundial, sino su síntoma,  su producto.

Es cierto también  que el desarrollo chino aparece como imparable,  cualesquiera  que sean las medidas que se tomen en su contra. Rusia se encuentra a punto de ganar la guerra de Ucrania de forma contundente, a pesar de la desesperada Europa  que, además, está en la crisis más profunda desde la constitución de la UE, lo que implica nada más ni nada menos que Rusia está derrotando a la OTAN. El  brutal genocidio de Gaza no logró expulsar al pueblo palestino ni exterminar a Hamás y ha dejado a Israel  en las peores condiciones de  aislamiento geopolítico  de su historia, mientras que las rivalidades entre países musulmanes como Egipto, Arabia Saudita e Irán,  en los que se basaron gran parte de los triunfos militares israelíes hasta ahora,  está desapareciendo con acuerdos recientes con el padrinazgo de China y Rusia Es decir  se está reconfigurando la situación de oriente medio que venía desde la finalización dela segunda guerra mundial.

Pero a diferencia de la larga historia anterior de la humanidad  la llamada “trampa de Tucídides”  (concepto que en términos de   relaciones internacionales  afirma la inevitabilidad de la  guerra cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, a la que finalmente desplazará para ocupar su lugar) pareciera que no va a funcionar esta vez.

Ni “occidente” pareciera que fuera a desaparecer como actor político y económico relevante (“too big to fall”),  ni tampoco que vaya a  aparecer  ningún nuevo hegemón, ni  menos aún  un nuevo imperio. Tanto EEUU como la UE, a pesar de sus crisis  son  todavía estructuras políticas económicas y sociales  muy fuertes y resilientes  y, ni China ni Rusia están interesadas en ninguna debacle occidental que las arrastraría a ellas también  (y ni que hablar del resto del mundo).  Ahora bien todo ello  no pareciera que nos esté llevando a una multipolaridad estable,  que se vaya a instalar permanentemente sino a una inmensa tensión, a una gran contradicción dialéctica, que debe resolverse.  Y, como ya sabemos, precisamente por Hegel mismo, las contradicciones dialécticas no se resuelven en favor de uno de otro de los extremos  sino como  síntesis superadora de ambos polos manteniendo esencias de los dos.

Estaríamos frente al  gran final de una era milenaria. En la que, y ahora si en términos absolutamente hegelianos,  habiéndose pasado del mero “entendimiento” de la horda primitiva  a momento de la conciencia (particularmente conciencia del yo, es decir conciencia de la conciencia  (Fenomenología del  Espíritu) el espíritu se desgarró  en enfrentamientos a muerte sometimientos brutales  y formas de explotación y sobre todo guerras en una extensa era de miles de años. Ahora estaría reencontrándose.

Pero además,  y coincidiendo históricamente  (y diría Hegel  no casualmente) con ello,  otra particularidad asombrosamente descuidada, cuando no gravemente ignorada en la mayoría de los análisis geopolíticos actuales,  es la, por ahora imparable, crisis ecológica del planeta, cuya principal manifestación  es el calentamiento mundial producido por las altas emisiones de carbono,  generadas principalmente por las emisiones industriales, automotrices y la producción de alimentos entre otras cosas. Ello, que está llevando a una suerte de “suicidio planetario”, tarde o temprano, terminará por preocupar seriamente (sino aterrorizar)  a la gran mayoría de la población mundial, cuando sus lamentables efectos sean más evidentes. Y nos referimos a toda la población mundial,  ya que el daño esta vez no dejará a nadie afuera y es inevitable para todos,  aún para aquellos con fortunas personales, o con la ilusión de una supuesta supervivencia en búnkeres de lujo.

Este no es un dato menor, teniendo en cuenta que  la única solución posible  a este problema terminal,  si es que se está aún a tiempo de evitarlo,  es cambiar las pautas de consumo  global, lo que implica una reformulación gigantesca  de usos y  costumbres alimentarias y de formas de vida  de la población mundial  en diversos sentidos según el país o la clase social de que se trate  y, con ello una gran transformación de todo el aparato productivo,  de construcción,  de comunicaciones, etc. que ha de implicar, necesariamente, la afectación de intereses corporativos  y personales, de la propiedad privada y estatal y de las transacciones financieras en un nivel nunca visto . Y todo ello es imposible precisamente sin decisiones políticas de alto nivel, es decir sin  lograr  una gobernanza política  mundial en serio,  compartida por los principales actores del poder internacional   y el consenso  duro de la mayoría del resto, que implique una planificación política económica y social  que pase por encima de las estrategias geopolíticas actuales e imponga las nuevas  pautas de convivencia acordadas y respetadas por todos aunque sea a regañadientes (¿no suena esto a cierto nivel de comunitarismo internacional o internacionalismo?). Hegel nos hablaría aquí de un reencuentro del hombre y la naturaleza del sujeto y del objeto, ya no en un yo sino en un nosotros, características puras de la realización de la idea o del Espíritu Absoluto.

Por supuesto, y a contramano de lo que es todavía moneda común de nuestros días, todo ello implicaría,  también y prioritariamente, hacer desaparecer definitivamente  algo que no solo es contaminante sino totalmente inútil para la supervivencia del ser humano y que conspira incluso en su contra, como lo es la fabricación de armas del tipo que sean, y con ello, en forma consecuente, de las guerras,  lo que hasta ahora ha sido inimaginable (¿No evoca ello acaso el reencuentro de la humanidad con la naturaleza, de la que partió , otra de las características de la realización final de la historia en términos hegelianos ?)

Todo  ésta reinterpretación  podría decirse que “adolece” de un optimismo ingenuo  o de  no ser más que la expresión de un simple deseo personal, pero llamativamente coincide en mucho con las geniales predicciones de Hegel traídas al siglo XXI y fundadas en su concepción de la historia (siempre según nuestro punto de vista) y las del propio Marx (hegeliano si los hubo) que predijo literalmente la finalización de la gran era de la violencia y su reemplazo por el comunismo.

Para finalizar entonces   según las afirmaciones de Hegel y de Marx   un nuevo mundo tiene que ser posible a riesgo de la desaparición de la humanidad  por una hecatombe nuclear o por razones de destrucción del equilibrio ecológico. El tembladeral político y económico  y ecológico actual, aunque parezca contradictorio,  podría estar anunciándolo. Sería el triunfo de la Razón con mayúsculas, la realización plena del “concepto”, superador del Ser abstracto, puramente objetivo  y de la esencia, puramente subjetiva. En suma el triunfo final de la cooperación y la convivencia pacífica y comunitaria de los seres humanos. Lo contrario contradeciría las predicciones de los dos más grandes pensadores de la humanidad desde el siglo de la luces.

Mariano Ciafardini

Dr. en Ciencias Sociales