Una interpretación
hegeliana de la realidad actual.
Aplicar las categorías hegelianas a la realidad del presente
implica necesariamente reformularlas al menos en parte,
ya que para Hegel el Espíritu Absoluto culminaba (y con él la historia
humana) en los momentos en que el
escribía, es decir en los comienzos del S XIX, cuando, en Jena, en 1806, al ver pasar a Napoleón, le
escribió a Niethammer que había visto
pasar “al espíritu del mundo a caballo” (die Weltseele zu Pferde).
Desde la perspectiva actual y con toda la visión
privilegiada que tenemos de la antropología y de la historia, se podría afirmar que la historia humana está
en un punto de inflexión tan trascendente que resume no diez, ni cuarenta, ni
siquiera mil, sino cerca de ¿100.00 años? de existencia de la humanidad,
realizando una especulación temporal sobre el
inicio de las guerras tribales (guerra de todos contra todos) muy anteriores, según nuestro punto de
vista, a la aparición de la agricultura
en el neolítico y los grandes imperios
de la antigüedad a los que se refiere Childe. es decir desde el comienzo de la
violencia entre los seres humanos con el advenimiento de la guerra, la sociedad de clases y la dominación y
explotación del “hombre por el hombre” (Marx dixit). Si esto se entiende así, la
“realización del espíritu” como la más alta forma de realización de la historia
para un hegeliano consecuente, estaría por darse actualmente después de un largo proceso que terminaría con el fin de la modernidad capitalista
y el comienzo de una nueva era. Teniendo ello en
cuenta los análisis sobre la coyuntura
política mundial actual (y sus impactos hacia el interior de cada país) deberían hacerse con mucho cuidado porque al hablar sobre los complejos y contradictorios hechos que se
suceden hoy sin solución de continuidad en el plano internacional y en los
contextos nacionales solo estaríamos hablando de síntomas de un cambio gigantesco
de la historia humana. Es decir que en
este sentido dialéctico cualquiera que intente sacar conclusiones inmediatas o
que se aferre a viejos esquemas de análisis, particularmente a los del siglo XX,
está expuesto a cometer graves errores.
Evocan también a Hegel los términos de Fidel Castros sobre
la “crisis civilizatoria”, que estaríamos viviendo y que
implicaría un cambio de toda la civilización
y no solo de una forma hegemónica por otra, y ni siquiera de la finalización de un “unipolarismo” y su
reemplazo por un “multipolarismo”. Todo estaría yendo mucho más allá de ello. Insistimos, no hay que
olvidar que fue el propio Marx el que predijo que después del capitalismo, como
ultima forma de “explotación del hombre por el hombre” (y con ello se está refiriendo
a un proceso de miles de años), no iba a surgir otra forma nueva de dominación sino
una sociedad sin clases, y eso, si uno se detiene a pensar, es un cambio
no solo político y económico, sino un cambio en la forma de existencia de la
humanidad. ¿No es el tembladeral de hechos contradictorios confusos y muchas
veces descabellados a los que estamos asistiendo actualmente un anuncio de los
prolegómenos de ese cambio trascendental? Hegel diría que el espíritu, que se
había extraviado con el comienzo y durante toda la era de la violencia y la dominación
de unos seres humanos por otros (la
dialéctica del amo y del esclavo), comienza a reencontrarse a sí mismo con la
realización de la Razón, iniciada (en forma abstracta) con el iluminismo y la
Revolución Francesa y llevada a su última instancia (diríamos nosotros) con el
advenimiento del marxismo y la realización de la racionalidad comunista.
Es cierto, hablando de la coyuntura actual que están ocurriendo hechos nunca antes
vistos en el ámbito geopolítico. La otrora “Alianza Atlántica” entre EEUU y Europa Occidental, que viene
incluso desde antes de la formación de la OTAN,
está en una crisis estructural y
que la desaparición del dominio unipolar
del mundo por dicha alianza es ya
un hecho. Todos lo dicen. Es simplemente
describir una evidencia.
Pero incluso esto es,
para nosotros, no más que un síntoma de este cambio tremendo que sintetiza un
devenir humano milenario.
El eje chino-ruso aparece como una novedad en torno a la
cual se van articulando alianzas como la
OCS, los BRICS+ y la Franja y la Ruta (proceso que obviamente
no está exento de marchas y contramarchas) y le hace contrapeso a un
“occidente” en crisis.
El panorama mundial ya no es el de una bipolaridad como la
del siglo XX en el que la URSS mantenía un precario equilibrio basado en el
poderío nuclear frente a un capitalismo todavía pujante, que cada vez le sacaba
más ventajas en términos de desarrollo
sobre todo tecnológico y científico, principalmente a partir de la década de
1960, lo que terminó siendo una de las causas fundamentales de la caída del
país socialista.
Hoy los bloques, a pesar de la crisis de occidente, están,
podría decirse, empatados. Trump y sus políticas agresivas contra Venezuela e
Irán y su descabellado intento de hacerse con Groenlandia (¿ y Canadá?), no es
la causa de esta crisis, ni del desbarajuste de la geopolítica mundial, sino su
síntoma, su producto.
Es cierto también que
el desarrollo chino aparece como imparable,
cualesquiera que sean las medidas
que se tomen en su contra. Rusia se encuentra a punto de ganar la guerra de
Ucrania de forma contundente, a pesar de la desesperada Europa que, además, está en la crisis más profunda
desde la constitución de la UE, lo que implica nada más ni nada menos que Rusia
está derrotando a la OTAN. El brutal genocidio
de Gaza no logró expulsar al pueblo palestino ni exterminar a Hamás y ha dejado
a Israel en las peores condiciones de aislamiento geopolítico de su historia, mientras que las rivalidades
entre países musulmanes como Egipto, Arabia Saudita e Irán, en los que se basaron gran parte de los
triunfos militares israelíes hasta ahora,
está desapareciendo con acuerdos recientes con el padrinazgo de China y
Rusia Es decir se está reconfigurando la
situación de oriente medio que venía desde la finalización dela segunda guerra mundial.
Pero a diferencia de la larga historia anterior de la
humanidad la llamada “trampa de Tucídides” (concepto que en términos de relaciones internacionales afirma la inevitabilidad de la guerra cuando una potencia emergente amenaza
con desplazar a una potencia dominante, a la que finalmente desplazará para
ocupar su lugar) pareciera que no va a funcionar esta vez.
Ni “occidente” pareciera que fuera a desaparecer como actor
político y económico relevante (“too big to fall”), ni tampoco que vaya a aparecer ningún nuevo hegemón, ni menos aún un nuevo imperio. Tanto EEUU como la UE, a
pesar de sus crisis son todavía estructuras políticas económicas y
sociales muy fuertes y resilientes y, ni China ni Rusia están interesadas en
ninguna debacle occidental que las arrastraría a ellas también (y ni que hablar del resto del mundo). Ahora bien todo ello no pareciera que nos esté llevando a una
multipolaridad estable, que se vaya a
instalar permanentemente sino a una inmensa tensión, a una gran contradicción
dialéctica, que debe resolverse. Y, como
ya sabemos, precisamente por Hegel mismo, las contradicciones dialécticas no se
resuelven en favor de uno de otro de los extremos sino como síntesis superadora de ambos polos manteniendo
esencias de los dos.
Estaríamos frente al gran final de una era milenaria. En la que, y
ahora si en términos absolutamente hegelianos, habiéndose pasado del mero “entendimiento” de
la horda primitiva a momento de la
conciencia (particularmente conciencia del yo, es decir conciencia de la
conciencia (Fenomenología del Espíritu) el espíritu se desgarró en enfrentamientos a muerte sometimientos
brutales y formas de explotación y sobre
todo guerras en una extensa era de miles de años. Ahora estaría reencontrándose.
Pero además, y coincidiendo
históricamente (y diría Hegel no casualmente) con ello, otra particularidad asombrosamente descuidada,
cuando no gravemente ignorada en la mayoría de los análisis geopolíticos actuales,
es la, por ahora imparable, crisis ecológica
del planeta, cuya principal manifestación es el calentamiento mundial producido por las
altas emisiones de carbono, generadas
principalmente por las emisiones industriales, automotrices y la producción de
alimentos entre otras cosas. Ello, que está llevando a una suerte de “suicidio
planetario”, tarde o temprano, terminará por preocupar seriamente (sino
aterrorizar) a la gran mayoría de la
población mundial, cuando sus lamentables efectos sean más evidentes. Y nos
referimos a toda la población mundial, ya que el daño esta vez no dejará a nadie
afuera y es inevitable para todos, aún para
aquellos con fortunas personales, o con la ilusión de una supuesta
supervivencia en búnkeres de lujo.
Este no es un dato menor, teniendo en cuenta que la única solución posible a este problema terminal, si es que se está aún a tiempo de evitarlo, es cambiar las pautas de consumo global, lo que implica una reformulación
gigantesca de usos y costumbres alimentarias y de formas de
vida de la población mundial en diversos sentidos según el país o la clase
social de que se trate y, con ello una gran
transformación de todo el aparato productivo,
de construcción, de
comunicaciones, etc. que ha de implicar, necesariamente, la afectación de
intereses corporativos y personales, de
la propiedad privada y estatal y de las transacciones financieras en un nivel
nunca visto . Y todo ello es imposible precisamente sin decisiones políticas de
alto nivel, es decir sin lograr una gobernanza política mundial en serio, compartida por los principales actores del
poder internacional y el consenso duro de la mayoría del resto, que implique
una planificación política económica y social
que pase por encima de las estrategias geopolíticas actuales e imponga
las nuevas pautas de convivencia
acordadas y respetadas por todos aunque sea a regañadientes (¿no suena esto a
cierto nivel de comunitarismo internacional o internacionalismo?). Hegel nos
hablaría aquí de un reencuentro del hombre y la naturaleza del sujeto y del
objeto, ya no en un yo sino en un nosotros, características puras de la
realización de la idea o del Espíritu Absoluto.
Por supuesto, y a contramano de lo que es todavía moneda
común de nuestros días, todo ello implicaría, también y prioritariamente, hacer desaparecer
definitivamente algo que no solo es contaminante
sino totalmente inútil para la supervivencia del ser humano y que conspira incluso
en su contra, como lo es la fabricación de armas del tipo que sean, y con ello,
en forma consecuente, de las guerras, lo
que hasta ahora ha sido inimaginable (¿No evoca ello acaso el reencuentro de la
humanidad con la naturaleza, de la que partió , otra de las características de
la realización final de la historia en términos hegelianos ?)
Todo ésta
reinterpretación podría decirse que
“adolece” de un optimismo ingenuo o de no ser más que la expresión de un simple deseo
personal, pero llamativamente coincide en mucho con las geniales predicciones
de Hegel traídas al siglo XXI y fundadas en su concepción de la historia (siempre
según nuestro punto de vista) y las del propio Marx (hegeliano si los hubo) que
predijo literalmente la finalización de la gran era de la violencia y su reemplazo
por el comunismo.
Para finalizar entonces según
las afirmaciones de Hegel y de Marx un nuevo mundo tiene que ser posible a riesgo
de la desaparición de la humanidad por
una hecatombe nuclear o por razones de destrucción del equilibrio ecológico. El
tembladeral político y económico y ecológico
actual, aunque parezca contradictorio,
podría estar anunciándolo. Sería el triunfo de la Razón con mayúsculas,
la realización plena del “concepto”, superador del Ser abstracto, puramente
objetivo y de la esencia, puramente
subjetiva. En suma el triunfo final de la cooperación y la convivencia pacífica
y comunitaria de los seres humanos. Lo contrario contradeciría las predicciones
de los dos más grandes pensadores de la humanidad desde el siglo de la luces.
Mariano Ciafardini
Dr. en Ciencias Sociales