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martes, 24 de febrero de 2026

El fin de la prehistoria

 El fin de la prehistoria


Las Naciones Unidas advierten que es casi inevitable que se supere el umbral de +1,5 °C entre 2026 y 2035, lo que marcaría la transición hacia una nueva fase climática global. 

Ese es el  límite fijado en el Acuerdo de París (2015), que busca evitar que el aumento de la temperatura media global supere los 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales. Entre 2026 y 2035, según los modelos climáticos de la ONU, es muy probable que se alcance o se sobrepase ese límite. Hablamos de una transición hacia una nueva fase climática global porque ello implica que, una vez superado ese umbral, el planeta entrará en un escenario distinto, con cambios más intensos y duraderos en el clima: olas de calor más frecuentes, fenómenos extremos más severos, alteraciones en ecosistemas y riesgos mayores para la seguridad alimentaria y la salud. 

Los últimos años han sido los más cálidos jamás registrados, confirmando que el calentamiento global ya no es una hipótesis, sino un hecho estructural. El Ártico podría quedar sin hielo durante el verano antes de mediados de siglo, con enormes consecuencias ecológicas y geopolíticas. Todo ello indica un cambio de época geológica. Muchos científicos hablan ya de la transición al “Antropoceno”, término introducido por Paul Crutzen y Eugene Stoermer para designar una era en la que la actividad humana se ha convertido en una fuerza geológica determinante.

Los océanos atraviesan una crisis profunda. La acumulación de microplásticos y carbono compromete su equilibrio. Los microplásticos reducen la capacidad de los océanos para absorber CO₂ (dióxido de carbono, un compuesto químico formado por un átomo de carbono y dos átomos de oxígeno), debilitando uno de los principales mecanismos naturales de regulación climática. Al mismo tiempo, el calentamiento global aumenta la movilidad y persistencia de estos contaminantes, ampliando su impacto ecológico.

Se registra, además, una pérdida acelerada de especies, la destrucción de ecosistemas y una deforestación masiva que altera el clima, los equilibrios biológicos y la salud humana. Las cadenas biológicas se transforman: especies como los mosquitos se adaptan a los entornos degradados, modificando patrones epidemiológicos. Estos procesos afectan directamente la agricultura, la disponibilidad de agua y la estabilidad climática global.

La crisis del plástico constituye una expresión particularmente clara de esta transformación. No se trata de un fenómeno aislado, sino de un resultado estructural del modo de producción industrial inaugurado por la modernidad (capitalismo). La producción masiva de plástico genera emisiones, contaminación persistente y efectos sanitarios acumulativos. Su presencia en océanos, suelos y organismos vivos revela el carácter sistémico de esta crisis.

Esta dicotomía perversa entre el ser humano y la naturaleza, que los científicos vienen denunciando desde hace ya décadas, fue intuida filosóficamente ya en el S XIX por dos de los más grandes pensadores de la modernidad: Hegel y Marx, quienes concibieron la relación entre el ser humano y la naturaleza no como algo externo, sino como un momento constitutivo del espíritu y de la historia.

Para Hegel, la naturaleza es la exteriorización de la Idea. En la Enciclopedia de las ciencias filosóficas  escribe: “La naturaleza es la Idea en la forma de la exterioridad.” Esto significa que la naturaleza no es algo separado del espíritu, sino su forma exteriorizada. El espíritu se exterioriza en la naturaleza, emerge en el ser humano y retorna a sí mismo mediante la conciencia. La naturaleza es, por tanto, un momento necesario pero incompleto de este proceso. La superación  no implica destrucción, sino conservación y elevación. 

Desde esta perspectiva, la destrucción de la naturaleza constituye también una destrucción del propio espíritu, porque el espíritu sólo existe encarnado en ella. La crisis ecológica aparece así como una forma de alienación: el espíritu se vuelve contra su propia exteriorización. 

La modernidad introduce una ruptura decisiva. La razón se transforma en razón instrumental.  La naturaleza deja de ser comprendida como momento constitutivo del espíritu y pasa a ser tratada como objeto puramente utilitario. La crisis ecológica expresa esta contradicción ontológica: el desarrollo de la racionalidad técnica conduce a la destrucción de las condiciones naturales de su propia existencia.

Marx retoma este problema y lo sitúa en el terreno de la historia material concreta. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, afirma: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre.” Esto significa que el ser humano no existe fuera de la naturaleza, sino en continuidad con ella. Su relación es metabólica. Marx utiliza el concepto de metabolismo para describir el intercambio material entre el ser humano y la naturaleza mediado por el trabajo.

En El Capital, Marx escribe: “El trabajo es, ante todo, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza.” Y también: “La producción capitalista perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra.”

El capitalismo introduce así una fractura metabólica. La naturaleza deja de ser el cuerpo inorgánico del ser humano y se convierte en objeto de explotación abstracta. La lógica del valor se autonomiza y se transforma en un fin en sí mismo. El capital no tiene un límite interno natural: su única finalidad es la acumulación indefinida. Esta dinámica entra en contradicción con la finitud material de la naturaleza.

En términos hegelianos, puede decirse que el capital constituye una forma unilateral del espíritu objetivo, separada de su fundamento natural. En términos marxistas, se trata de la contradicción entre las fuerzas productivas y las condiciones naturales de producción.

Desde una perspectiva dialéctica, la crisis ecológica no es un accidente, sino el resultado necesario de un desarrollo histórico determinado. Sin embargo, ese mismo desarrollo genera las condiciones de su propia superación.


Las consecuencias políticas de este proceso son profundas. Si se toma en serio todo lo anteriormente expuesto, las luchas contemporáneas de los pueblos no se pueden limitar únicamente una lucha contra la explotación y la desigualdad, y contra las guerras y los genocidios, sino también una lucha por la preservación de las condiciones materiales de la vida humana en el planeta. 

Durante gran parte del siglo XX, el movimiento emancipatorio debía adquirir conciencia de la explotación para superar el capitalismo. Hoy, la conciencia necesaria es más amplia. Implica reconocer que la humanidad en su conjunto constituye el sujeto de esta contradicción histórica. La emancipación exige no sólo la satisfacción universal de las necesidades básicas, sino también la reorganización consciente del metabolismo entre la humanidad y la naturaleza.

Esto impone necesariamente una transformación de los modos de producción, de consumo  y de organización social, orientada a restablecer un equilibrio metabólico racional entre la humanidad y el planeta.

Esta lucha no es distinta de la lucha histórica por la emancipación humana, pero sus aspectos racionales deben profundizarse. Ya no se trata únicamente de liberar al ser humano de la explotación social, sino también de reconciliar su existencia histórica con las condiciones naturales que la hacen posible y ambas cuestiones no son contradictorias sino profundamente complementarias.

Aquí la cuestión central es si la humanidad movilizada puede lograr que los detentadores del poder mundial se sienten finalmente a diseñar una gobernanza global que avance en estos sentidos fundándose en los consensos científicos más avanzados, caiga quien caiga y se afecten los intereses de quienes se afecten.

Justo es decir que algunos de los dirigentes de las potencias mundiales actuales tienen esto bastante más claro que otros, pero el problema no tiene solución en la medida en que no sean todos “arrastrados” a esa mesa por las fuerzas de los pueblos del mundo.

Aunque el desafío parezca ser grande, las nuevas generaciones parecen mostrar una creciente sensibilidad hacia esta realidad. Esta conciencia emergente puede constituir el fundamento de una transformación histórica que restablezca, en un nivel superior, la unidad entre humanidad y naturaleza sin abandonar la lucha por la igualdad y la libertad de los seres humanos.

Walter Pengue señala con claridad en “Los desafíos de la economía verde” que: “… los llamados países desarrollados alcanzan índices adecuados de desarrollo humano (…) pero superan ampliamente a la huella ecológica. Muchos otros países del globo tienen ciertamente una huella ecológica baja, por debajo de su biocapacidad per cápita, pero tienen índices de desarrollo humano con muchas metas mínimas del milenio incumplidas (…)”.

Está claro que la principal responsabilidad la tienen los países más desarrollados, pero ¿significa ello que los únicos movimientos populares que tiene que reivindicar una reconversión energética son los de los países desarrollados? Desde ya que no, porque el desastre ambiental es una amenaza para todos y es el mismo sistema de opresión económica y financiera que somete a los países subdesarrollados, y les impide salir de esa situación de subdesarrollo, el que evade la normativa ecológica internacional y boicotea sistemáticamente las posibilidades de progreso en este sentido.

El enemigo es el mismo, el gran capital parasitario financiero internacional y las ambiciones de riqueza desmedida de sectores minoritarios de la población mundial.

Por ello, aunque en países como el nuestro haya urgencias inapelables que empujan a una resistencia política y social inmediata permanente, el tema ecológico debe incorporarse de modo más firme en la agenda de las dirigencias progresistas  y populares sin temor a que ello reste fuerza a esos reclamos y resistencia sino encontrando las formas de articularlos, lo que podría dar lugar a una sinergia que fortalezca a ambos.

Sin ir más lejos la postergación de la obra pública en rubros como el desarrollo del sistema eléctrico (represas, usinas atómicas) o ferrocarriles (que generaría miles de puestos de trabajo), para concentrar la economía únicamente en la extracción de combustibles fósiles, no solo va en contra de la agenda ecológica mundial, sino que conspira evidentemente contra la satisfacción de muchas de aquellas necesidades urgentes por las que hoy lucha el movimiento popular en la Argentina. En el plano de la industria privada subsidios para la reconversión energética harían mucho más competitivas sobre todo a las pequeñas y medianas y contribuiría a mejorar la situación de crisis del sector. Nada de esto está en la agenda gubernamental que además en lugar de profundizar la relación con la República Popular China, socio imprescindible para todo ello, se ata servilmente a los intereses de los EEUU cuyo objetivo es desplazar a China de Latinoamérica lo que es parte de una estrategia geopolítica de Trump  que nada tiene que ver con los intereses reales de la región

No es casualidad que en el mismo momento que el planeta exhibe cifras de pobreza y pobreza extrema nunca antes vistas se profundice a la vez, el riesgo de graves catástrofes ecológicas que amenazan la extinción de la especie. Y que todo esto se de en el marco de una profunda crisis del sistema económico, político y social mundial, al menos en lo que se ha dado en llamar “Occidente” que es, por otra parte, el sistema que en términos generales más contamina en términos per cápita (como se debe medir realmente la contaminación). Aunque ocultado por los grandes medios de comunicación mundial(es) China, con su enorme desarrollo industrial que le permitió sacar a ochocientos millones de habitantes de la pobreza, está por debajo de Corea del Sur, Japón, Países Bajos, Alemania, Irlanda, Taiwán, Finlandia y Bélgica y muy por debajo de los EEUU y Canadá y es por lejos el mayor productor de medios de energía alternativos.

¿No estaría la profunda  crisis ecológica y social que vivimos, y los desafíos urgentes que plantea, marcando  así el fin de la “prehistoria humana” (Marx dixit) y el inicio del momento en que la humanidad se vea obligada a asumir racional y conscientemente las condiciones naturales de su propia existencia?

Mariano Ciafardini