Para un lego en cuestiones económicas el esfuerzo de leer un libro de economía no fue poco. Sólo lo permitió la claridad expositiva y ausencia de rodeos del autor, cuya autoridad en la materia está fuera de discusión.
Creo haber comprendido qué es el keynesianismo y pido disculpas si mi entendimiento del asunto, precisamente por las cuestiones antedichas, es impreciso o aún equivocado.
Lo importante para mí, en términos de un enfoque marxista y materialista histórico, asuntos en los que creo que sí soy un entendido, o al menos un conocedor acerca de que se trata la cosa, hay una cantidad de cuestiones que son dignas de resaltar.
En primer lugar, queda claro en el trabajo de Axel Kicillof que hasta fines del siglo XIX lo que imperó fue el individualismo analítico. Lo teórico de la ley de Jean Baptiste Say, del ricardismo y de las teorías clásicas tenía su base material en el hecho de que la mayoría de los capitalistas eran dueños absolutos de sus propias empresas, competían entre ellos y tenían como visión de futuro un desarrollo imparable del capitalismo en esos términos que llevaría, entre otras cosas, al pleno empleo. A ello había que agregarle la insensibilidad de la burguesía industrial naciente respecto de lo que Marx llamó «el ejército de reserva», es decir, la inmensa masa de trabajadores desempleados, viviendo en condiciones miserables, a la espera de ser contratados por sueldos también miserables, lo que contradecía dramáticamente aquella afirmación de la teoría clásica. En ese entonces las leyes de la oferta y la demanda a secas, si no reflejaban realmente la situación existente, tenían (siendo condescendientes con ellas) al menos visos de poder ser las explicaciones del futuro del capitalismo que los propios capitalistas imaginaban.
Esto, como no podía ser de otra manera, no fue así, y lo más demostrativo de ello fue la crisis del 29. Kicillof expresa con cierto fundamento que Keynes ya sabía para ese entonces que la situación económica había cambiado históricamente en forma sustancial.
Lo cierto es que, en términos reales, aquella empresa individual o familiar, en «libre» competencia con otras, había sido sustituida por gigantescos monopolios con gran influencia sobre los estados nacionales, y en los que ya se podía diferenciar a los directores (como verdaderos dueños) de los inversores y accionistas.
Esto en realidad, y como no lo deja de mencionar nuestro autor, había sido ya previsto por el propio Lenin en 1917, en «El Imperialismo etapa superior del capitalismo»; sólo debe decirse que Lenin se refirió también a descripciones de la realidad mundial que Keynes jamás tuvo en cuenta. El libro de Lenin no era de teoría económica, pero coincidía en aspectos fundamentales con los de economistas como Hobson y Hilferding.
Aquí lo que creemos un gran acierto de Keynes, tal como está descripto en el libro de Kicillof, es el de haber comprendido el cambio cualitativo de una etapa histórica a otra, o, si se quiere en términos marxistas, el cambio en el modo de acumulación del capital.
La descripción de todo ello está minuciosamente tratada y constituye el corazón del trabajo de Kicillof, pero no podemos entrar en detalles al respecto (macro y microeconomía, empleo, demanda y oferta agregadas, inversión, ahorro, tasa de interés, etc.) por dos motivos: la escasez de espacio de este artículo y de conocimientos de quien lo escribe. Pero obviamente tiene el rigor y la prolijidad de una tesis de doctorado que es lo que el propio autor reconoce como la base de su obra.
La cuestión que nos ha llevado fundamentalmente a escribir estas líneas no es el contenido de la obra que comentamos, sino su título. Y esto tiene que ver, precisamente, con las mismas razones históricas que da Axel como explicación del surgimiento «necesario» del pensamiento de Keynes y, agregaríamos nosotros, del o de los keynesianismos efectivamente aplicados.
Ello está íntimamente relacionado, ahora sí, con nuestra particular concepción del materialismo histórico que nos lleva a entender que las etapas del capitalismo son no dos (Lenin dixit) sino tres. Del mismo modo que la primera transformación —paradigmáticamente mercantil— se distinguió de la segunda —fundamentalmente industrial— con una radicalidad tal que tuvo en Keynes a uno de sus protagonistas y relatores, en las décadas de 1980 y 1990 del siglo XX se produjo un nuevo movimiento tectónico en la economía capitalista, de una magnitud comparable al experimentado entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Este cambio de etapa consiste en el tránsito del capitalismo industrial desarrollista al capitalismo neoliberal financiero, frente al que las ideas del propio Keynes, así como fueron una novedad a principio de siglo, por explicar lo que las teorías clásicas no podían dar cuenta en ese momento de lo que estaba pasando, hoy no pueden explicar los fenómenos de este nuevo cambio de etapa (la tercera y última del capitalismo). Es decir, hoy no se puede volver a Keynes.
El siglo XX se manifestó, desde el punto de vista del capital, como el siglo del desarrollo de impresionantes empresas monopólicas de capital productivo que se enfrentaban en la lucha de clases con los obreros organizados en grandes sindicatos en los países industrializados, y con movimientos de liberación en los países dependientes (a cuyas realidades económicas no se refirió en absoluto Keynes o, al menos, no menciona el libro de Axel que lo haya hecho).
Pero hoy esto no es ya así, el modo de acumulación y regulación (relaciones productivas) paradigmático del capitalismo hoy es financiero y para la explicación de ello Keynes es el que es insuficiente ahora.
Si consideramos al capitalismo mercantilista inicial (durante el que nacen las teorías económicas clásicas) y al imperialista productivo, para la explicación del cual Keynes considera insuficientes a las teorías clásicas, como los dos momentos primeros de una triada dialéctica, es decir afirmación y negación dialéctica, este tercer momento debería implicar una síntesis de las dos anteriores que llevaría a otro nivel del espiral dialéctica. Es decir, a un momento histórico económico superior y superador de los dos anteriores.
Habría que avanzar sobre los análisis de las condiciones histórico-materiales del momento actual, pero Kicillof no lo hace. No se lo puede culpar por ello en cuanto advierte desde el inicio de su trabajo que se va a limitar a describir la teoría general de Keynes y su crítica a las teorías clásicas y marginalistas. Pero el título (que por otro lado impacta económica y políticamente) lo condena. No se puede tratar de volver a una teoría que, aunque explicó con cierta racionalidad un momento histórico ya superado, hoy no puede explicar el presente de un mundo en el que la globalización financiera neoliberal se enfrenta, en lo que podría considerarse un marco de lucha de clases a nivel internacional, con un nuevo mundo creciente e imparable que implica otro modelo de organización y existencia de la humanidad antagónico respecto del primero. Es imperioso abordar este tema, pero Kicillof tampoco lo hace, y ahora sí sería muy importante que lo hiciera, sobre todo para todos los que creen o podrían llegar a creer en él.